La europeidad como opio del subordinado
Mientras Bruselas vende el proyecto europeo como un relato de prosperidad compartida, crece un análisis que lo interpreta como un mecanismo de ingeniería social diseñado para diluir soberanías nacionales y someter a las economías periféricas. En el sur de Europa —España, Italia, Grecia— la fe en Europa sobrevive incluso allí donde el coste industrial ha sido más brutal. ¿Masoquismo o cálculo?
El diagnóstico: «deshonra deseada»
Hay quien sostiene que la adhesión emocional a la identidad europea no es fruto de la convicción, sino de un «síndrome de Estocolmo colectivo». La europeidad sería una identidad low-cost: no exige aprender una lengua, defender fronteras ni asumir una historia incómoda. Se compra en el supermercado de las ocurrencias de Bruselas. La contrapartida es la abdicación activa de la soberanía: leyes que se escriben a miles de kilómetros, tejido industrial desmantelado por normativas de «transición» y una burocracia desapegada de la realidad ciudadana.
Desindustrialización acelerada en 2026
Los datos disponibles apuntan a que, en 2026, la desindustrialización en España y el sur de Europa no solo no se ha revertido, sino que se ha acelerado. El Fondo de Recuperación, según esta corriente de análisis, ha actuado como un coladero para grandes consultoras, mientras el tejido productivo real sigue erosionándose. Mientras tanto, la fe en el proyecto europeo se mantiene intacta, sobre todo entre las élites urbanas. La paradoja es que quienes más sufren las políticas impuestas desde Fráncfort o Bruselas son quienes más defienden el relato.
¿Por qué desear la propia deshonra?
La hipótesis que gana peso es la comodidad de la irresponsabilidad. La soberanía es una carga pesada: exige juicio propio y capacidad de defensa de los interpropios. Delegar en una burocracia lejana libera al ciudadano de la responsabilidad de gobernarse. Un pacto fáustico que, visto en frío, parece más bien un cheque en blanco firmado a una tecnocracia que rara vez rinde cuentas. El debate queda abierto: mientras la desindustrialización continúe, la identidad europea seguirá siendo, para muchos, el opio que adormece el malestar.