Ir por la A-42 desde Madrid dirección a Toledo y adentrarse en La Sagra es una experiencia desoladora, cuasi mística, sólo comparable a la baja de Orfeo a los infiernos. No verás nada más que kilómetros y kilómetros de campos de cultivos, porque sí, están cultivados, aunque parecen más los terrenos del mismísimo Belcebú en su retiro eterno.
La tierra escupe a sus perecid, y los vivos parecen perecid en esas pedanías alejadas de la mano de Dios. Cobeja, Lominchar o Recas están plagados de esos aromas fatuos que vaticinan algún crimen. Por contra, Yuncos, Yunclillos, o Yuncler reflejan la endogamia local, cuyos nombres son tan parecidos, como los genes mezclados de sus habitantes.
Si consigues llegar, en Esquivias, hay una Casa de Cervantes que no está mal. Te darás cuenta de todo lo comentado en el hilo, de las paredes enjalbegadas de blanco, de las grandes puertas de madera que antaño daban paso a los caballos y hoy en día cobijan destartalados Renault c15 con tantos kilómetros como millas de angustia genera la Sagra.
Llegado el momento de buscar algo de comer, te encontrarás con locales con muchísimos lugareños derrotados por la vida, con gorras de Caja Rural cuyo verde corporativo ha sido derroido por el tiempo. Y si, aún así sigues con ganas de comer algo, el cocido de La Sagra y su pringá puede revitarlarte tras un angosto y tortuoso camino sin fin en busca de la salida de la región.
Los límites geográficos de La Sagra son tan difusos como sus propios orígenes. No me atrevería a afirmar que esos pueblos fueran de La Sagra o, en menor media, que compartan rasgos definitorios de la región. ¿Qué es ser de "La Sagra"? se pregunta el cansado caminante que tiene la desgracia de caer allí. ¿Dónde acaban sus límites? No hay una respuesta segura a tales preguntas, pues, caer en La Sagra es como entrar en el limbo cósmico del desconsuelo. Una vez que entras, sabes que estás ahí, pero no sabes donde empieza ni donde acaba.
No verás, incauto viajero de aquellas agrestes tierras, ni una sonrisa en la cara de sus habitantes, ni un niño feliz ni un anciano afable. Lo único que verás, será el rostro marchito y caduco del dolor más sofocante de los que, por desgracia tienen que vivir allí. No cometas el error de permanecer mucho tiempo en La Sagra, pues tu alma quizás no pueda escapar y, si así lo hiciera, ya no volverías a ser el mismo.