Defecar con pundonor: cuando el acto más vil se convierte en filosofía
Hay quien sostiene que el ser humano no cagase no existiría noción alguna sobre bien y mal, feo y bello. La reflexión, que podría parecer un exceso de literatura de baño, tiene más miga de la que aparenta: expulsar por el ano lo que antes fue un exquisito bogavante nos pone frente a la realidad en su compleja crudeza. Esa es la tesis central de un debate que, lejos de quedarse en la broma escatológica, eleva la defección a categoría existencial.
La angustia de la finitud y el acto de purga
La primera postura es casi teológica. El culo, se argumenta, es una fábrica de finitud que expende muerte a diario y nos recuerda lo fútil y vano de nuestra existencia. Por eso cagamos con pena al ver todo lo que fue vivo y bello convertido en detritus. La angustia existencial se mezcla con la culpa: ¿cómo puede un ser puro y hermoso excretar una ponzoña tan maloliente? ¿Acaso los ángeles cagan? La respuesta que se propone es liberadora: defecar con pundonor, con alegría y hedonismo, entendiendo que se está purgando el cuerpo y expulsando a Pazuzu, el demonio de la impureza.
Esta corriente sostiene que es precisamente ese acto, el de expulsar la ponzoña tras haber degustado un manjar, lo que nos diferencia de los animales. Para las bestias, sus heces solo son un rastro que puede atraer a los depredadores. Para el humano, son un recordatorio de la fugacidad de la vida. Cagar nos hace humanos, se concluye, y hacerlo con dignidad es un ejercicio de resistencia.
El contrapunto práctico: la épica del desastre
Frente a la filosofía, la realidad se impone con crudeza. Hay quien defiende que la verdadera prueba de pundonor no está en la actitud mental, sino en la gestión del desastre. El caso más citado es el de un viajero que, despertándose con el tiempo justo en una furgoneta, intentó contener una evacuación a presión con una bolsa del supermercado como único recurso. El resultado: calzones, pantalón, suelo del coche y bolsa manchados. Una humillación que, recordada con asco, se convierte en la antítesis del pundonor.
Otros relatos elevan la épica a niveles insospechados. Se menciona el caso de un operario que, en pleno trabajo con autogrúas en un pueblo de Burgos y rodeado de vecinos, sufrió unos retortijones de tal calibre que tuvo que abandonar la escena a la carrera. La tensión, la indecisión y la resolución final son los ingredientes de una historia que, según se argumenta, es la verdadera esencia del asunto: el pundonor se demuestra en el momento crítico, no en la teoría.
La poesía como válvula de escape
El debate no podía obviar la tradición literaria del water. Se rescatan coplas populares que convierten el acto en arte: «De los placeres sin pecar, el más dulce es el cagar, con un periódico extendido y un cigarrillo encendido». O la sentencia más pragmática, leída en el baño de primera del AVE: «Cuando vayas a cagar, caga en alto, la mierda se balancea y no huele tanto». La cultura popular, se apunta, ha sabido dotar de dignidad poética a lo que la sociedad considera tabú.
También hay quien recuerda la función social de las heces. En un ejercicio de economía circular avant la lettre, se narra cómo en cierta facultad se aprovechaban las ventanas del baño que daban al parking de profesores para «condimentar» los coches de los docentes más odiados. La mierda, se concluye, no es muerte; aún tiene utilidad. Una visión que conecta con la agenda 2030, aunque sea por la puerta de atrás.
El límite del decoro: cuando el tema no da para más
No todos están dispuestos a entrar en el juego. Hay quien se declara «refinado o recatado para según qué cosas» y considera que lo escatológico no da para más. La respuesta no se hace esperar: el humor es refinado, solo que trata de cagar y de la mierda; es la temática lo que impide ver el arte. La discusión sobre si la escatología puede ser refinada queda abierta, sin que ninguna de las partes ceda.
El debate se cierra con una reflexión que eleva el acto a categoría de arte: «Tu ojete es alfarería». La metáfora, tan burda como precisa, resume la paradoja: lo que expulsamos es arcilla de nuestras entrañas, moldeada por la vida. Y si el culo es alfarería, entonces defecar con pundonor es esculpir la propia existencia. La pregunta que queda flotando es si esa dignidad se mantiene cuando el desastre se desborda. Nadie tiene la respuesta definitiva.