Votar en las elecciones españolas siendo portugués: la broma seria
Ningún portugués puede votar en las elecciones españolas. Tampoco un napolitano, un siciliano ni un guameño, por mucho que sus antepasados pagaran impuestos a la Corona. La pregunta, lanzada en tono de guasa, esconde un asunto serio: España ya admite vías de nacionalidad por origen y sostiene un voto exterior capaz de mover escaños. El límite, según a quién se le pregunte, va de Lisboa a Guam.
De la nacionalidad portuguesa al voto por correo
Hay quien plantea la jugada como pura aritmética electoral: si el voto por correo decide escaños ajustados, abrir la mano a millones de descendientes de la órbita hispánica sería una forma de contrarrestar al rival con sus propias armas. La lógica, explícita, es la del «de perdidos al río». El espejo se pone al revés —que fuera el PP quien propusiera nacionalizar y dar voto a portugueses, italianos del sur o belgas— para forzar una respuesta incómoda.
El truco tiene trampa: la nacionalidad no es un carné de simpatía y el voto exterior se rige por reglas estrictas de residencia y registro consular. Convertir el censo en una coartada partidista es más fácil de decir que de sostener ante un tribunal constitucional.
Una ley de ancestros: de los sefardíes a los saharauis
El mecanismo que sostendría semejante ampliación existe en parte. La nacionalidad por origen y las leyes de memoria abrieron la puerta a descendientes de exiliados; los judíos sefarditas tuvieron su propia vía, con listas de apellidos y polémica incluida. Saharauis y descendientes de territorios jovenlandeses aparecen en la misma conversación. Una ley de ancestros generalizada, advierten los juristas, chocaría con un principio básico: la nacionalidad se adquiere, no se hereda como un título nobiliario.
De Sicilia a Guam: hasta dónde se estira el mapa
El listado que dibuja el asunto no tiene freno: Sicilia, Nápoles, los Países Bajos que Felipe II reprimió por motivos religiosos, el norte de África, la vieja Septimania de Perpiñán a Arles —perdida, se dice, con la represión del año 711— e incluso las islas Mar1 y Guam. Hasta Trajano entra en liza: nacido en Itálica, en la Bética, conquistó la Dacia y cruzó el Tigris, así que, por esa regla, rumanos, serbios e iraníes también tendrían algo que reclamar.
La reducción al absurdo es deliberada. Y ahí, en la costura, asoma el problema real: dónde se corta un criterio histórico si se toma en serio.
Con ese criterio, más de la mitad de Estados Unidos —hispano en origen— tendría derecho a papeleta. La broma tiene precedente: España ya aprobó vías para que votaran descendientes de exiliados. Si alguien lleva la ocurrencia al BOE, lo previsible es que el primer obstáculo no sea jurídico sino electoral, y que el mapa se recorte a los casos rentables. Aunque, visto lo visto, apostar por el ridículo legislativo en este país nunca ha sido buena idea.