España, de octava potencia mundial a economía de camareros
¿Qué le ocurre a un país que pasa de presumir de octava potencia mundial a que su oferta de empleo sea camarero, limpieza y más camarero? Los números que circulan sobre la España de los años 70 y la actual dibujan una caída que ningún relato oficial cuenta con detalle.
A finales de los 60 y principios de los 70, el sector secundario suponía entre un 37% y un 40% del tejido económico nacional, según las cifras manejadas. Hoy, las plataformas de empleo muestran un país volcado en la hostelería. La distancia entre ambos retratos es el resumen de medio siglo de desindustrialización.
El mito de la octava potencia y su reverso
Hay quien sostiene que España rozaba el top 10 mundial en los años 60-70, con la peseta entre las diez monedas más importantes y una capacidad adquisitiva un 83% superior a la actual. Los escépticos responden que “potencia” sobre el papel no paga facturas: países pequeños como Holanda, Bélgica o los nórdicos vivían mejor sin ser potencias.
La cuestión de fondo no es el ranking, sino qué se hacía con esa producción. Familia, piso pagado y vacaciones en diez años, resumen unos; subdesarrollo industrial de baja calidad, contestan otros. El choque entre nostalgia y realidad sigue sin cerrarse.
La reconversión que desmontó el tejido industrial
El punto más irritante del análisis es quién desmanteló la industria. Una corriente muy extendida señala al proceso de reconversión industrial y a la entrada en la UE: España habría sido obligada a desmontar sectores estratégicos para no competir con los países del norte. Según ese relato, el Régimen del 78 y la integración europea actuaron como comisión de liquidación de la industria nacional.
Del otro lado se recuerda que el tamaño real de esa industria era menor de lo que sugiere la nostalgia y que el sector servicios ya dominaba entonces. La polémica no es solo económica: es la madre de todas las batallas políticas sobre el modelo de país.
El empleo que queda: hostelería, limpieza y un blindado cancelado
La evidencia más cruda no está en los macros, sino en la aplicación de empleo Job Today: prácticamente solo hostelería y limpieza. El ejemplo de la cancelación del programa del blindado Dragon, un vehículo nacional que nunca llegó a estar en condiciones, se usa como metáfora de la incapacidad industrial: si no eres capaz de fabricar un vehículo militar, difícilmente vas a producir algo más complejo que una terraza.
La diáspora como termómetro
Los datos de la diáspora acompañan: más de 3 millones de españoles residen en el extranjero, una cifra récord. La comparación con la emigración de los años 60 resulta incómoda: entonces la mayoría iba a hacer dinero y volvía en tres o cuatro años; ahora la marcha tiene más pinta de definitiva. Hasta la picaresca aparece: si antes había que arreglárselas para sobrevivir internacionalmente, hoy se emigra con un título universitario para servir mesas.
Con estos mimbres, no es extraño que el eslogan de país de camareros se haya convertido en el resumen del malestar. España sigue siendo potencia, eso sí: la primera en kilómetros de terraza por habitante y en ofertas de empleo donde la sonrisa al cliente es el requisito principal. El resto, desindustrialización con denominación de origen.