De jueces, abuelos y nietos (Agustín Valladolid en Boapópuli)

De jueces, abuelos y nietos (Agustín Valladolid en Boapópuli)
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo rechazó por cinco votos contra uno el recurso del Gobierno contra la aplicación de la ley de nietos, exigiendo que quien vote acredite los mismos deberes que los demás. El asunto enfrenta dos visiones: el voto como derecho sin condiciones o como derecho que exige pertenencia acreditada.

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La Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo rechazó por cinco votos contra uno el recurso del Gobierno contra la aplicación de la ley de nietos, exigiendo que quien vote acredite los mismos deberes que los demás. El asunto enfrenta dos visiones: el voto como derecho sin condiciones o como derecho que exige pertenencia acreditada.

Hay una escena que se repite en las cenas familiares de medio país. El abuelo cuenta que se ha comprado un piso pequeño, no para especular, sino porque su pensión se va entera en la residencia y necesita algo que le permita llegar a fin de mes. El nieto, que paga tres cuartas partes de su sueldo por un alquiler de dos habitaciones, mira al abuelo como si acabara de confesar un crimen. Esa tensión, esa sospecha cruzada entre generaciones, es el caldo de cultivo perfecto para que la política convierta un problema real en un espectáculo de buenos y malos.

El Supremo no prohíbe el voto, exige acreditar los deberes

La Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo estudió el recurso que la Abogacía del Estado presentó contra la aplicación de la llamada ley de nietos. Por cinco votos contra uno, los magistrados rechazaron ese recurso. El tribunal recordó que las exigencias de exactitud, veracidad, igualdad, objetividad y transparencia son indispensables para participar en el proceso electoral de una democracia parlamentaria representativa. No se trata de prohibir el derecho al voto, sino de impedir que se adquieran los mismos derechos sin haber acreditado los mismos deberes.

El Supremo lo que prohíbe es que se alteren las reglas del juego de forma unilateral. Prohíbe que se dé carta de naturaleza a la desigualdad. La discusión jurídica es compleja, y la legislación actual no es del todo precisa, pero el fondo del asunto es incómodo: ¿puede votar en España alguien que vive en Cuernavaca, que no ha pisado el país en su vida y que si le preguntas dónde está Teruel responde que le suena que por Andalucía?

La cifra que maneja el Gobierno es de 163.000 potenciales electores. Para muchos de ellos, la prioridad no es votar, sino obtener un pasaporte europeo. Eso es lógico, pero convierte la concesión del voto en un instrumento de política migratoria encubierta. El Parlamento debió resolver esto, pero alguien decidió esquivar el consenso y promover una modificación de fondo mediante un trámite administrativo.

El «buitreabuelo» que paga su residencia con un alquiler

En paralelo, el debate sobre la vivienda ha construido un personaje que no existe. La propaganda oficial habla del especulador inmobiliario como si todos fueran millonarios con pisos vacíos. La realidad es más aburrida y más triste. Hay ancianos que compraron una segunda vivienda con sus ahorros y ahora la alquilan para complementar una pensión que se va íntegra en pagar una residencia o contratar una interna. No salen en televisión. No son entrevistados en prime time.

Tampoco sale el viudo o la viuda que, gracias a ese complemento, no solo no suponen una carga para el Estado, sino que alivian las arcas públicas echando una mano a sus hijos. La que sale es la portavoz de un sindicato de inquilinas defendiendo que el especulador al que hay que expropiar responde al retrato robot de ese abuelo. El relato es eficaz: convierte a una víctima en verdugo y a un problema estructural en una cuestión de moral individual.

Mientras tanto, hay actores, intelectuales, cantautores y pintores que han comprado varios apartamentos en la costa para asegurarse una vejez tranquila. Lo han hecho con la precaución de ponerlos a nombre de una empresa, no vaya a ser que se descubra el pastel. Ellos no aparecen en las acampadas. No son el rostro de la especulación. El rostro es el abuelo que alquila un piso para no depender de nadie.

La estrategia de señalar a los jueces como enemigos

Pedro Sánchez recordó al Supremo, en un mitin ante unos cientos de correligionarios, que «el derecho de voto no se prohíbe». La frase, aplaudida como una obviedad, era en realidad el penúltimo ejemplo de un pulso irresponsable. Se dirigía a los seis magistrados de la Sala de lo Contencioso que estudiaban el recurso. No era un mecanismo de presión, porque el Gobierno sabía que no serviría de nada. Era una forma de seguir alimentando la tesis del gobierno progresista frente a una judicatura que trabaja para echarle del poder.

El Supremo lo componen 83 magistrados, arropados por letrados de la Administración de Justicia y funcionarios que tramitan expedientes y notificaciones. Al vértice de la carrera judicial no siempre llegan los mejores. Ha habido casos de perturbados, en la acepción médica del término, que se colgaron la placa dorada sobre el pecho. También de golfos apandadores aupados al más alto estrado por políticos del mismo género. Y, sin embargo, casi todos los que han llegado eran la mejor de las opciones.

La tesis de que los tribunales son instrumentos de la derecha contra el progreso ha penetrado con éxito en determinados sectores de la población y de la militancia de izquierdas. Incluso ha habido algún propagandista ilustre que ha manejado la exégesis del golpe judicial contra el gobierno legítimo para casi justificar, sobre la base de un presunto derecho de legítima defensa, el montaje de Santos Cerdán y Leire Díez contra guardias civiles, policías y togados. Ese es el terreno de juego: convertir cada resolución judicial en un acto de guerra política.

Lo que está en juego no es el voto, es la igualdad ante la ley

El Supremo no prohíbe el derecho al voto. Protege el voto sin privilegios. La diferencia es importante y se pierde en el ruido. Una democracia parlamentaria representativa exige que quienes participan en el proceso electoral acrediten exactitud, veracidad, igualdad, objetividad y transparencia. Si esas exigencias se relajan para unos y se mantienen para otros, la desigualdad deja de ser un accidente y se convierte en norma.

El asunto de la ley de nietos debió resolverse en el Parlamento, con debate y consenso. Alguien decidió esquivar esa vía y modificar el fondo mediante un trámite administrativo. Eso activó el foco de la sospecha. Y cuando el Gobierno se ve pillado en renuncio, suele hacer lo mismo: darle la vuelta al argumento y alimentar en clave electoral el falso debate de buenos y malos.

La pregunta de fondo no es jurídica, es política. ¿Hasta cuándo se puede tirar del comodín de los que se exiliaron por razones políticas, ideológicas, de creencia o de orientación sexual? ¿Cuántos de esos 163.000 potenciales electores tienen como prioridad votar y cuántos solo quieren un pasaporte europeo? Nadie quiere responder a eso. Es más fácil señalar al Supremo, al abuelo que alquila un piso o al que pregunta dónde está Teruel. Cualquier debate sobre derechos electorales o sobre vivienda afecta a cuestiones legales y económicas complejas; conviene consultar siempre las normas aplicables y los datos oficiales antes de sacar conclusiones.

Datos clave
  • El Tribunal Supremo rechazó por 5 votos contra 1 el recurso del Gobierno contra la aplicación de la ley de nietos.
  • La Sala de lo Contencioso exige acreditar «exactitud, veracidad, igualdad, objetividad y transparencia» para participar en el proceso electoral.
  • El Gobierno maneja la cifra de 163.000 potenciales electores en el marco de la ley de nietos.
  • El Supremo lo componen 83 magistrados, según el texto.
  • Pedro Sánchez declaró en un mitin que «el derecho de voto no se prohíbe».
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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De jueces, abuelos y nietos​

14/10/2026

Agustín Valladolid-Voapópuli​

  • Nietos que creen que Teruel queda por Andalucía; abuelos que alquilan un piso para pagar la residencia, pero son fríos especuladores. Y así todo

El Tribunal Supremo, lo componen 83 magistrados, arropados por personal altamente cualificado, entre letrados de la Administración de Justicia y funcionarios encargados de tramitar expedientes y notificaciones. Al vértice de la carrera judicial no siempre llegan los mejores. Ha habido casos de perturbados, en la acepción médica del término, que se han colgado la placa dorada sobre el pecho. También de golfos apandadores que fueron aupados al más alto estrado de la Justicia por políticos del mismo género. Al Supremo no siempre llegan los mejores, y, sin embargo, casi todos los que han llegado eran la mejor de las opciones.

Viene este exordio aparentemente prescindible a cuento de ese constructo ideado -y concienzudamente trabajado- por el poder político que presenta al alto tribunal como el último y anacrónico reducto de las élites que se oponen a la verdadera democracia del pueblo. Incluso ha habido algún ilustre propagandista que ha llegado a manejar la exégesis del golpe judicial contra el gobierno legítimo para explicar, y casi justificar sobre la base de un presunto derecho de legítima defensa, el montaje de Santos Cerdán y Leire Díez contra guardias civiles, policías y togados.

El caso es que, en determinados sectores de la población, y desde luego de la militancia de izquierdas, la tesis de los tribunales en general y del Supremo en particular como instrumentos de la derecha y de la ultraderecha contra el pogre ha peine con apreciable éxito. Y es a partir de esa certeza, de que sus amonestaciones no caen en saco roto, desde la que Pedro Sánchez se permite recordar al Supremo que “el derecho de voto no se prohíbe”.

El Supremo no prohíbe el derecho al voto, lo pone a salvo​

Lo hizo en un mitin, al abrigo de unos centenares de correligionarios que aplaudieron lo que parecía una obviedad, pero que en realidad era el penúltimo ejemplo de un pulso irresponsable en el que se inserta este inacabado proceso de descrédito de la Justicia. Sánchez le mandó un recado a los seis magistrados de la Sala de lo Contencioso del Tribunal Supremo que estudiaban el recurso de la Abogacía del Estado contra la aplicación de la ‘ley de nietos’. Pero no lo hizo como mecanismo de presión -sabía perfectamente que no serviría de nada-, sino para seguir alimentando la tesis del gobierno pogre frente a la carcunda judicial que trabaja para echarle del poder.

Por cinco votos contra uno, la Sala de lo Contencioso rechazó el recurso del Gobierno, recordando que las “exigencias de exactitud, veracidad, igualdad, objetividad y transparencia” son indispensables para poder participar en el proceso electoral de una democracia parlamentaria representativa. El Supremo no prohíbe el derecho al voto, como proclama Sánchez. Lo que prohíbe es que se adquieran los mismos derechos sin haber acreditado los mismos deberes; lo que prohíbe es que se alteren las reglas del juego de forma unilateral; lo que prohíbe es que se dé carta de naturaleza a la desigualdad.

Yo, más allá de la discusión estrictamente jurídica, y a sabiendas de que la actual legislación no es del todo precisa, me pregunto porqué va a tener mis mismos derechos un tipo que vive en Cuernavaca, no ha pisado España en su vida y si le preguntas dónde está Teruel te dice que le suena que por Andalucía. También me pregunto, como en el fondo se pregunta el Supremo, hasta cuándo podemos seguir tirando del comodín de los que se exiliaron por razones “políticas, ideológicas, de creencia o de orientación sensual” cuando es bastante evidente, y por otra parte lógico, que la prioridad de muchos de los 163.000 potenciales electores no sea votar sino obtener un pasaporte europeo.

No, el Tribunal Supremo no prohíbe el derecho al voto; protege el voto sin privilegios. Es este un asunto que debiera haber dejado resuelto la política; en concreto el Parlamento. Pero alguien decidió esquivar una vez más el consenso, promoviendo una modificación de fondo mediante un trámite administrativo y activando el foco de la sospecha. Porque, en lugar de corregir el abuso, lo que hizo el Gobierno es lo que suele hacer cuando se le pilla en renuncio: darle la vuelta al argumento para alimentar en clave electoral el falso debate de buenos y malos.

El ‘buitreabuelo’​

Lo mismo ha hecho con la vivienda, en un intento de transferir a otros la responsabilidad de una gestión deficiente que ha propiciado la sangrante realidad de jóvenes que destinan tres o cuatro quintas partes de su sueldo a alquilar un agujero. Aquí también hablamos de nietos, pero no debiéramos eliminar del debate a los abuelos, que es lo que la propaganda oficial está haciendo. Los abuelos no salen en los directos; no sale el anciano que con sus ahorros se compró una segunda vivienda que ahora alquila y le permite vivir con cierta dignidad después de destinar la totalidad de la pensión a pagar una residencia o a contratar una interna.

En la tele no salen ni el viudo ni la viuda que gracias a ese complemento no sólo no suponen ninguna carga para Estado, sino que alivian las arcas públicas echando una mano a la descendencia. La que sale es la portavoz del sindicato de inquilinas a defender que el especulador, el ingrato al que hay que expropiar si no se aviene a razones, es un sujeto que responde al retrato robot de ese abuelo. A quien vemos en prime time es al muchachito ensoberbecido que le canta las cuarenta al entrevistador y a continuación retira de un manotazo una bandera de Ceuta que alguien ha depositado encima de un toldo como por casualidad.

Y vemos al actor y al intelectual que han comprado, para asegurarse una plácida vejez, varios apartamentos en la costa teniendo la precaución de ponerlos a nombre de una empresa, no vaya a ser que se descubra el pastel. El actor y el intelectual, el cantautor y el pintor, aparecen por la acampada porque la Puerta del Sol ya ha derivado en una atracción turística más de la capital, en una especie de confesionario de malas conciencias, en un altar de la hipocresía. Durará, pero ya no da más de sí. No va arreglar de momento nada, ni apenas va a cambiar ninguna voluntad.
 

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