Estrella Social
Lonchafinista
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Hace unos días estaba yo haciendo repaso de mi vida a raíz de las entrevistas que estoy haciendo con refugiados ucranianos, cuya lista de reproducción puede usted ver aquí y que ha ocupado mi tiempo en las últimas semanas. Y concluí que mi vida, y muy probablemente la de usted, está formada de exilios, refugios, migraciones y reubicaciones voluntarias, forzadas e incluso circunstanciales. Y esto no es poco en un mundo donde la irracionalidad pretende popularizar la fantasía de que hay “poblaciones puras” en los distintos países (todos de fronteras fantasiosas y aleatorias) que hoy conforman el mapa del planeta, y que “ellos” son el enemigo inevitable de “nosotros” en una construcción del “nosotros” absolutamente imaginaria pero apuntalada por el repruebo, claro está, a “ellos”.
Empezando por el principio, yo tardé muchos años en descubrir que mi padre, el hombre que yo creía que era mi padre, solamente me había dado el apellido, pero que mis raíces biológicas, sean las que sean, no tenían nada que ver con él. Eso es irrelevante, lo que viene al caso es que él había nacido en Lodz, Polonia, en 1911 y hacia 1930 había emigrado a México donde ya tenía dos hermanos. Desapareció de mi vida para todo efecto práctico cuando yo tenía cinco años dejando atrás sólo el apellido y algunos discos de música clásica.
Fernando Huerta Turanzas, mi abuelo
Quien no desapareció fue mi abuelo materno, y eso que murió 25 años antes de mi nacimiento, pero que dejó en la familia una honda huella de la que he hablado ampliamente, un asturiano nacido en el concejo de Llanes en 1870 y emigrado alrededor de los 20 años a México, de donde ya nunca saldría. Tesorero fundador, por cierto, del Centro Asturiano de México.
La escuela privada en la que esforzadamente mi progenitora me mantuvo desde preescolar, sobre todo buscando que yo aprendiera inglés, el Colegio Columbia de la Ciudad de México, había sido fundado en 1938 por Henry L. Cain, un educador de Louisiana reubicado en México 12 años antes. Allí tuve profesores como Mildred Rowland y otros varios estadounidenses expatriados por algún motivo. Y además me vi rodeado de descendientes de diversos exilios. Chicos y chicas judíos cuyos padres o abuelos habían escapado del holocausto, y también descendientes y nietos de las diversas migraciones libanesas desde el fin del imperio otomano. Estaban también los descendientes y nietos del exilio español de la Guerra Civil que luego tendrían más peso en mi vida.
Las migraciones se hacían presentes en la cultura popular como en el caso de los actores de origen libanés Mauricio Garcés (de apellido original Ferez Yazbek), Sara Matouk, el comediante Gaspar Henaine (de apodo “Capulina”) o Salma Hayek. De origen judío hubo personajes clave como los directores de cine Benito Alazraki y Gregorio Wallerstein, o actores como Miroslava Stern o Wolf Ruvinskis. Y del exilio español empezaríamos con Luis Buñuel, la pintora Remedios Varo o los actores Ángel Garasa o Rosita Quintana.
Ojo, nosotros, todavía niños o tempranos adolescentes, no identificábamos a estos nombres con parte de un “ellos”, como “extranjeros”. Quizás fue educativo.
Para la preparatoria (16 años) pasé a estudiar en una escuela fundada y concebida por el exilio español, con el farragoso nombre de Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México (que ya ha cambiado al de Colegio Ciudad de México), donde tuve profesores y compañeros exiliados, o sus descendientes y nietos, sin contar a estadounidenses como David Winburn, altísimo profesor de inglés que había jugado en los Harlem Globetotters y que, incidentalmente, era afroamericano, u otra profesora que había llegado a México luego de ser estalinista militante en Nueva York. Pero sobre todo me rodearon, aparte de mexicanos variados, exiliados españoles, algunos de los cuales siguen siendo amigos. Dos de mis mejores amigos eran de familia alemana, otros varios eran de antecedentes también judíos y libaneses.
No bien salía yo a la universidad cuando los exilios chileno y argentino incidieron en la vida de México y en la mía propia. Ya como parte del mundillo literario y periodístico, inevitablemente tuve contacto -y amistad, y aventuras- con los nuevos exilios hispanoamericano: compañeros de trabajo chilenos, argentinos, uruguayos, panameños, nicaragüenses, guatemaltecos y cubanos. En las siguientes décadas el esquema se mantuvo: una vasta mexicanidad salpimentada con gente de diversos orígenes, que no he mencionado a chinos, algún británico, dosis mínimas de italianos y suizos...
Las dictaduras caían, algunos volvían a España o Argentina para encontrar que ya no encajaban allí porque sus países habían tomado un camino y ellos otro en sus exilios.
Ni siquiera intento ser exhaustivo, sólo dar ejemplos de cómo, sin jamás habérmelo propuesto, mi vida resultaría inexplicable sin todos esos exiliados, migrantes, expatriados, desterrados y turistas que se quedaron porque el sol era tibio y la gente era amable.
Hasta que me tocó emigrar.
Cuestiones puramente personales, de ésas subjetivas que la razón no sustenta pero que nos hacen quienes somos, me llevaron a vivir a España. Y aquí, descubrí asombrado, las cosas eran iguales. Quizás no había judíos y libaneses, pero hay senegaleses y palestinos, y a falta de argentinos y chilenos abundan los ecuatorianos y colombianos. Y hay numerosos chinos y hasta mexicanos que se han vuelto emigrantes y aportan lo suyo. Hoy tengo una sobrina nacida en Haití que estudia en Reino Unido y un descendiente nacido en Paraguay, conocidos cubanos, amigos con descendientes adoptivos rusos, me trata un excelente médico colombiano en la sanidad pública, visito con frecuencia el restaurante de un italiano que hace pasta fresca, hay una mujer venezolana que nos ayuda en casa y, en mi ciudad de Gijón, 500 refugiados ucranianos que son a quienes he estado entrevistando para la serie “Su propia voz”.
Todo ello sin contar a quienes han nacido en la Unión Europea y tienen por tanto libre tránsito y pueden trabajar en cualquier país de la Unión, lo que hace que los flujos sean mucho más ágiles.
Y ni siquiera he hablado de las migraciones futbolísticas, por decir algo, o en los deportes en general, donde los movimientos son continuos.
Mis hijas mayores, a su vez, emigraron a Canadá donde tienen trabajo, familia, proyectos y la nacionalidad canadiense. Y tengo dos nietas medio serbias.
Con toda esta experiencia, en Gijón, mi ciudad, las personas que no han nacido en la comunidad europea forman apenas el 7% de la población. Y en España son alrededor del 10%, y en la Unión Europea también rondan el 10%… muy lejos de la “oleada turística” y el “peligro del reemplazo” que difunden los profesionales del repruebo, envalentonados en estos tiempos opacos.
Y entonces sobreviene la reflexión: ¿cómo sería mi vida, o la de usted, lectora, lector, sin esos “extranjeros”, sin esos otros… sin sus vivencias, su cultura, sus ambiciones, sus deseos, sus familias, su gastronomía, sus bordados, sus cuentos y canciones, sus opiniones diversas, su forma de caminar o de educar a sus descendientes o a sus alumnos…
Ante la barbarie ideológica de la política de identidades, inventada por una izquierda menesterosa y anticientífica, que bien ha servido a una derecha repulsiva, reaccionaria e igualmente anticientífica, se alza la realidad de un mundo cuyas fronteras (siempre cambiantes, siempre provisionales) no han sido nunca obstáculo para que pasen “ellos” a convertirse en parte de “nosotros”. Desde la América encontrada y poblada por asiáticos que acaso seguían a sus presas (asiáticos que a su vez, como los europeos, venían de África) hasta la España diversa, celta, íbera, fenicia, cartaginesa, griega, musulmana, romana, visigótica y de otras raíces que se extienden por buena parte del mundo, la identidad es una fantasía fácilmente refutable. Basta ver la realidad histórica y la realidad cotidiana en un mundo en constante transformación, donde quienes buscan erigir murallas acaban presos de ellas, y quienes entienden que todos somos los mismos, que no hay “ellos”, heredarán este planeta, y acabarán escribiendo el triunfo de su especie. La única. La humana.
Empezando por el principio, yo tardé muchos años en descubrir que mi padre, el hombre que yo creía que era mi padre, solamente me había dado el apellido, pero que mis raíces biológicas, sean las que sean, no tenían nada que ver con él. Eso es irrelevante, lo que viene al caso es que él había nacido en Lodz, Polonia, en 1911 y hacia 1930 había emigrado a México donde ya tenía dos hermanos. Desapareció de mi vida para todo efecto práctico cuando yo tenía cinco años dejando atrás sólo el apellido y algunos discos de música clásica.
Fernando Huerta Turanzas, mi abuelo
Quien no desapareció fue mi abuelo materno, y eso que murió 25 años antes de mi nacimiento, pero que dejó en la familia una honda huella de la que he hablado ampliamente, un asturiano nacido en el concejo de Llanes en 1870 y emigrado alrededor de los 20 años a México, de donde ya nunca saldría. Tesorero fundador, por cierto, del Centro Asturiano de México.
La escuela privada en la que esforzadamente mi progenitora me mantuvo desde preescolar, sobre todo buscando que yo aprendiera inglés, el Colegio Columbia de la Ciudad de México, había sido fundado en 1938 por Henry L. Cain, un educador de Louisiana reubicado en México 12 años antes. Allí tuve profesores como Mildred Rowland y otros varios estadounidenses expatriados por algún motivo. Y además me vi rodeado de descendientes de diversos exilios. Chicos y chicas judíos cuyos padres o abuelos habían escapado del holocausto, y también descendientes y nietos de las diversas migraciones libanesas desde el fin del imperio otomano. Estaban también los descendientes y nietos del exilio español de la Guerra Civil que luego tendrían más peso en mi vida.
Las migraciones se hacían presentes en la cultura popular como en el caso de los actores de origen libanés Mauricio Garcés (de apellido original Ferez Yazbek), Sara Matouk, el comediante Gaspar Henaine (de apodo “Capulina”) o Salma Hayek. De origen judío hubo personajes clave como los directores de cine Benito Alazraki y Gregorio Wallerstein, o actores como Miroslava Stern o Wolf Ruvinskis. Y del exilio español empezaríamos con Luis Buñuel, la pintora Remedios Varo o los actores Ángel Garasa o Rosita Quintana.
Ojo, nosotros, todavía niños o tempranos adolescentes, no identificábamos a estos nombres con parte de un “ellos”, como “extranjeros”. Quizás fue educativo.
Para la preparatoria (16 años) pasé a estudiar en una escuela fundada y concebida por el exilio español, con el farragoso nombre de Escuela Secundaria y Preparatoria de la Ciudad de México (que ya ha cambiado al de Colegio Ciudad de México), donde tuve profesores y compañeros exiliados, o sus descendientes y nietos, sin contar a estadounidenses como David Winburn, altísimo profesor de inglés que había jugado en los Harlem Globetotters y que, incidentalmente, era afroamericano, u otra profesora que había llegado a México luego de ser estalinista militante en Nueva York. Pero sobre todo me rodearon, aparte de mexicanos variados, exiliados españoles, algunos de los cuales siguen siendo amigos. Dos de mis mejores amigos eran de familia alemana, otros varios eran de antecedentes también judíos y libaneses.
No bien salía yo a la universidad cuando los exilios chileno y argentino incidieron en la vida de México y en la mía propia. Ya como parte del mundillo literario y periodístico, inevitablemente tuve contacto -y amistad, y aventuras- con los nuevos exilios hispanoamericano: compañeros de trabajo chilenos, argentinos, uruguayos, panameños, nicaragüenses, guatemaltecos y cubanos. En las siguientes décadas el esquema se mantuvo: una vasta mexicanidad salpimentada con gente de diversos orígenes, que no he mencionado a chinos, algún británico, dosis mínimas de italianos y suizos...
Las dictaduras caían, algunos volvían a España o Argentina para encontrar que ya no encajaban allí porque sus países habían tomado un camino y ellos otro en sus exilios.
Ni siquiera intento ser exhaustivo, sólo dar ejemplos de cómo, sin jamás habérmelo propuesto, mi vida resultaría inexplicable sin todos esos exiliados, migrantes, expatriados, desterrados y turistas que se quedaron porque el sol era tibio y la gente era amable.
Hasta que me tocó emigrar.
Cuestiones puramente personales, de ésas subjetivas que la razón no sustenta pero que nos hacen quienes somos, me llevaron a vivir a España. Y aquí, descubrí asombrado, las cosas eran iguales. Quizás no había judíos y libaneses, pero hay senegaleses y palestinos, y a falta de argentinos y chilenos abundan los ecuatorianos y colombianos. Y hay numerosos chinos y hasta mexicanos que se han vuelto emigrantes y aportan lo suyo. Hoy tengo una sobrina nacida en Haití que estudia en Reino Unido y un descendiente nacido en Paraguay, conocidos cubanos, amigos con descendientes adoptivos rusos, me trata un excelente médico colombiano en la sanidad pública, visito con frecuencia el restaurante de un italiano que hace pasta fresca, hay una mujer venezolana que nos ayuda en casa y, en mi ciudad de Gijón, 500 refugiados ucranianos que son a quienes he estado entrevistando para la serie “Su propia voz”.
Todo ello sin contar a quienes han nacido en la Unión Europea y tienen por tanto libre tránsito y pueden trabajar en cualquier país de la Unión, lo que hace que los flujos sean mucho más ágiles.
Y ni siquiera he hablado de las migraciones futbolísticas, por decir algo, o en los deportes en general, donde los movimientos son continuos.
Mis hijas mayores, a su vez, emigraron a Canadá donde tienen trabajo, familia, proyectos y la nacionalidad canadiense. Y tengo dos nietas medio serbias.
Con toda esta experiencia, en Gijón, mi ciudad, las personas que no han nacido en la comunidad europea forman apenas el 7% de la población. Y en España son alrededor del 10%, y en la Unión Europea también rondan el 10%… muy lejos de la “oleada turística” y el “peligro del reemplazo” que difunden los profesionales del repruebo, envalentonados en estos tiempos opacos.
Y entonces sobreviene la reflexión: ¿cómo sería mi vida, o la de usted, lectora, lector, sin esos “extranjeros”, sin esos otros… sin sus vivencias, su cultura, sus ambiciones, sus deseos, sus familias, su gastronomía, sus bordados, sus cuentos y canciones, sus opiniones diversas, su forma de caminar o de educar a sus descendientes o a sus alumnos…
Ante la barbarie ideológica de la política de identidades, inventada por una izquierda menesterosa y anticientífica, que bien ha servido a una derecha repulsiva, reaccionaria e igualmente anticientífica, se alza la realidad de un mundo cuyas fronteras (siempre cambiantes, siempre provisionales) no han sido nunca obstáculo para que pasen “ellos” a convertirse en parte de “nosotros”. Desde la América encontrada y poblada por asiáticos que acaso seguían a sus presas (asiáticos que a su vez, como los europeos, venían de África) hasta la España diversa, celta, íbera, fenicia, cartaginesa, griega, musulmana, romana, visigótica y de otras raíces que se extienden por buena parte del mundo, la identidad es una fantasía fácilmente refutable. Basta ver la realidad histórica y la realidad cotidiana en un mundo en constante transformación, donde quienes buscan erigir murallas acaban presos de ellas, y quienes entienden que todos somos los mismos, que no hay “ellos”, heredarán este planeta, y acabarán escribiendo el triunfo de su especie. La única. La humana.