Cuarentones solos y medicados: el patrón que se repite
¿Por qué se repiten los casos de hombres de cuarenta y tantos que viven con una caja de ansiolíticos en la mesilla de noche? No hay cifra oficial que lo responda, pero sí un patrón que se repite en los relatos:
sin pareja, con un trabajo anodino o directamente en el paro, y con hábitos sedentarios que llevan años enquistados. La descripción no es nueva; lo nuevo es el empeño en subrayar que el fenómeno
no es cosa solo de ellas. Y que quien lo sufre no ve una salida a la vuelta de la esquina.
A partir de ahí la conversación se abre en tres frentes. Unos miran al individuo y a su biografía. Otros, al contexto económico y cultural. Unos terceros, a la farmacia. Nadie coincide en qué fue primero, y casi todos coinciden en que la cosa va a más.
El perfil que se repite: sin pareja, sin oficio y sin movimiento
Los ingredientes son tres. Vivir solo y sin pareja estable. Un empleo sin ninguna realización personal, o el desempleo directamente. Y una rutina sedentaria sostenida durante años. Sobre ese combinado se construye la tesis de que falta lo que cualquier persona necesita para sostenerse:
sentirse querido y tener un trabajo con un mínimo de sentido. Hay casos de hombres que llevan así mucho tiempo y ni ellos mismos saben cuándo van a recuperarse.
La réplica llega con otra experiencia: un círculo amplio de conocidos donde, hasta donde sabe quien lo cuenta, ninguno toma ansiolíticos, aunque el alcohol y otras sustancias campen a sus anchas.
¿Se medican más ellos o ellas?
Depende de a quién se pregunte. Frente a la idea de que la salud mental y el consumo de ansiolíticos es cosa de mujeres, aparece la impresión contraria: que ellos están igual o peor. El argumento no es clínico, es de comportamiento.
Ellas aparecen en mayor número en actividades grupales, culturales y deportivas; ellos, ante la soledad, tienden a resolverse en la barra de un bar. Si eso es causa o consecuencia, no lo aclara nadie.
Sobre el fondo planea una hipótesis cultural: el hiperindividualismo de las últimas décadas habría roto los vínculos que antes absorbían la soledad, y el resultado sería una generación que llega a los cuarenta sin red. Otros lo formulan en clave política, con la familia y los valores tradicionales como víctimas de un cambio de época. Es una lectura que se defiende con vehemencia y que se discute con la misma vehemencia.
Ansiolíticos, testosterona y gimnasio: la pelea por el remedio
Donde el desacuerdo se vuelve físico es en el tratamiento. Hay quien sostiene que estas pastillas destruyen la poca testosterona que queda, con más grasa acumulada, apatía y una mente menos despierta. Y quien propone justo lo contrario:
elevar la testosterona por vía intramuscular hasta el techo del rango fisiológico, por un coste declarado de
entre 10 y 15 euros al mes, con jeringuillas, agujas, hisopos y alcohol incluidos, y pinchazo en glúteo u hombro con aguja fina.
El gimnasio, en cambio, genera más división que consenso: se describe como un ambiente insoportable, lleno de gente dopada, y se recomienda antes el parque, la barra, correr o la bici. Del desencuentro no sale ninguna receta única. Conviene recordar que todo esto son opiniones vertidas en una conversación pública, no indicaciones médicas.
Lo que no se llora acaba pesando
Hay un factor que no sale en las estadísticas ni en los bares:
la dificultad para expresar lo que se siente. Se avisa de que muchos hombres reprimen sus emociones, que algunos ni se permiten llorar, y que eso termina reventando por dentro a largo plazo, de una forma u otra. La advertencia encaja con el perfil descrito, aunque nadie la cuantifica.
Coleccionar muñecos, correr o emborracharse: las salidas que se proponen
Las vías de escape que aparecen son de lo más variado. Un hobby bien elegido, dicen, permite sortear buena parte de los follones cotidianos. El caso más llamativo es el de un conocido que, rondando los cincuenta, ha dedicado
dos habitaciones enteras a recomprar los juguetes de su infancia: figuras de Masters del Universo, Tortugas Ninja y Gi-Joe, con castillo de Grayskull incluido. Provoca a la vez pena y envidia: pena por lo que parece una huida hacia atrás; envidia porque, dentro de esa alienación, el hombre está tranquilo.
Otras salidas son menos confesables. Están los que apuestan por el deporte y el sol, los que recuperan el clásico
emborracharse y acabar a hostias y reconciliarse después, y los que lo fían todo a una frase: amar al prójimo, cuidar los vínculos que queden y dejar que lo demás venga por añadidura. Los más escépticos recuerdan que en los pueblos el patrón de soledad y pastillas también se da entre los cincuenta y los sesenta.
La caja sigue en la mesilla; el gimnasio sigue abierto a las siete de la mañana. Nadie ha calculado todavía cuál de los dos aguanta más.