Adiós a los huesos: por qué la incineración se impone como nueva norma funeraria
Una persona de mediana edad, sentada en un bar, suelta sin inmutarse: "Cuando me muera, que me quemen". Hace veinte años, esa frase habría sonado a herejía. Hoy es casi un lugar común. La incineración ha pasado de ser una práctica marginal a convertirse en la opción mayoritaria en muchos países occidentales, y España no es una excepción. Pero detrás de este cambio de hábitos no hay solo una cuestión de gustos: pesan la economía, la falta de espacio en los cementerios y, según algunos, una pérdida de respeto por los muertos.
¿De dónde viene esta "repugnante moda" de quemar a los difuntos, como la califican los defensores del entierro tradicional? La respuesta tiene capas históricas, económicas y hasta geopolíticas.
De la pira funeraria al crematorio: una tradición milenaria
Quemar a los muertos no es un invento moderno. Culturas como la romana ya incineraban a sus legionarios caídos durante la expansión republicana, para evitar que los enemigos profanaran los cuerpos. En la antigua Roma, los esclavos y mendigos acababan en fosa común, mientras que los ciudadanos podían optar por la cremación o la inhumación. Más atrás, los pueblos kurgan ya practicaban el fuego funerario hace miles de años. La Iliada narra el funeral de Aquiles con una pira colosal. Así que, en realidad, la "tradición" del entierro no es universal ni inmemorial; lo que hoy consideramos clásico es solo una de las muchas formas de despedir a los seres queridos.
El debate actual, sin embargo, tiene un punto de inflexión reciente: la guerra en Ucrania. La visión de crematorios móviles calcinando soldados sobre el terreno ha impactado a muchos. Se ha dicho que las fuerzas rusas utilizaban estos dispositivos para eliminar pruebas y ahorrar espacio, lo que ha teñido la cremación de un matiz macabro y deshumanizador. Pero también ha puesto sobre la mesa una realidad: en conflictos con miles de muertos, quemar los cuerpos es más rápido y barato que enterrarlos.
El coste de morir: ¿enterrar o incinerar?
En la vida real, la decisión tiene mucho de cartera. Un entierro tradicional cuesta entre 3.000 y 5.000 euros en España, mientras que una incineración ronda los 1.500-2.500. La diferencia no es menor, sobre todo para familias con recursos ajustados. Además, el "nicho a perpetuidad" que venden los seguros es en realidad una concesión temporal: 99 años o menos, tras los cuales los restos acaban en una fosa común. Como apuntan muchas voces, morir pobre puede significar acabar en un agujero anónimo da igual si te entierran o te queman.
Pero hay otro factor: la ocupación del suelo. Los cementerios de las grandes ciudades están saturados. En muchos municipios, el tiempo de concesión se ha reducido a 20-30 años, y luego se exhuma y se echa a la fosa común para dejar sitio al siguiente. La incineración, en cambio, permite conservar las cenizas en una urna que ocupa un palmo. O esparcirlas, si la normativa lo permite. Para algunos, esa ligereza es precisamente lo que falta: un rastro físico, un lugar al que ir a llorar.
El factor emocional y la pérdida de ritual
Hay quien sostiene que la cremación es una muestra de deshumanización de la sociedad. Enterrar a los muertos, visitarlos, dejar flores, es un ritual que da consuelo. Quemar el cuerpo, reducirlo a polvo, se percibe como una ruptura con esa conexión. La imagen de los soldados incinerados en Ucrania, o la de los participantes en una conocida serie surcoreana donde los muertos desaparecen sin rastro, alimentan el malestar. En la serie, los protagonistas son tratados como desechos antes de morir; su incineración es el último acto de borrado de identidad.
En el otro extremo, están los que prefieren alternativas como el entierro natural —ser devorado por aves o enterrado en un bosque— o directamente ser donado a la ciencia. La idea de "servir de abono para un árbol" gana adeptos entre los más ecologistas, aunque la legislación española lo dificulta.
La religión y la hipocresía
Otro frente abierto: la Iglesia católica prohibió durante siglos la incineración, considerando que el cuerpo debe conservarse para la resurrección. No fue hasta 1963 que el Vaticano la permitió, aunque con reservas. Hoy, muchos católicos la eligen sin remordimientos, lo que para algunos críticos es una contradicción flagrante. "Los cristianos pecando cada día más y mejor hasta el sacrilegio final", se comenta con sarcasmo.
Cierre: el dato que descoloca
En la práctica, buena parte de los que optan por la incineración no lo hacen por convicción, sino por pragmatismo. El mismo que lleva a que, en algunas ciudades, los restos de los nichos caducados sean retirados y vertidos sin nombre. Al final, la cuestión no es tanto cómo nos queman, sino si alguien recordará quiénes fuimos. Y ese consuelo, se entierre o se incinere, no lo garantiza ni el mármol más caro.