El 10% que ofrecía Nueva Rumasa era demasiado bueno para ser verdad
¿Qué hacer cuando una empresa le ofrece un 10% anual por su dinero, respaldado con flanes y brandy? Primero, desconfíe. A comienzos de 2011, el grupo Nueva Rumasa colocaba pagarés corporativos al 8% y luego al 10%, una rentabilidad que la banca no podía igualar. La CNMV no supervisaba la emisión y los bancos negaban el crédito a la compañía. Aun así, captó 250 millones en dos meses.
Las señales de alarma que nadie quiso ver
El producto era sencillo: prestaba 100.000 euros y al año recuperaba 110.000. El problema era la contraparte. Nueva Rumasa recurría a particulares porque las entidades financieras le cerraban el grifo, un detalle que por sí solo debería haber disuadido a cualquier inversor. Algunos analistas llegaron a plantear un arbitraje absurdo: pedir una hipoteca al 2,5%, invertir el dinero en los pagarés y embolsarse la diferencia. El cálculo, desglosado partida a partida, prometía una ganancia de 6.300 euros al año. Lo que no contaba era el riesgo de impago.
El fantasma de 1983: la vieja Rumasa ya marcó el guion
La historia tenía un precedente incómodo. Décadas antes, la Rumasa original fue intervenida por el Estado tras descubrirse que el holding financiaba sus empresas con el dinero de sus propios bancos. El agujero era gigantesco y la reprivatización posterior dejó un reguero de sospechas. Ahora, la familia Ruiz-Mateos repetía el esquema sin intermediarios: los pagarés iban directos al bolsillo del grupo. La memoria era corta, pero las advertencias no faltaron.
La CNMV avisó, pero la codicia fue más fuerte
Los anuncios decían, rápido y de corrido, que la inversión no estaba supervisada por la CNMV. El organismo emitió comunicados al respecto: nada de control, nada de protección. Invertir ahí era como financiar a la empresa de un cuñado. Con todo, la captación de 250 millones en dos meses demostró que la promesa de un 10% pesaba más que la letra pequeña. La codicia, como siempre, encontró un atajo hacia el abismo.
Décadas después, la historia se repetía con la misma familia, el mismo estilo y la misma fe del inversor en que esta vez sería distinto. No lo fue. Quienes avisaron tenían motivos para el escepticismo; quienes se lo pensaron dos veces, también.