¿Fue mejor la juventud de los bakalas o la de los centennials?
Un hilo reciente resucita el viejo pulso generacional: los que crecieron entre los 90 y los 2000 miran con sorna cómo los Z se quejan de un mundo que, según ellos, no tiene nada que envidiar al pasado. Pero los datos —o la falta de ellos— y las experiencias personales acaban dibujando una guerra de nostalgias sin vencedor claro.
La edad de oro de los bakalas: ¿realidad o mito?
Los veteranos recuerdan aquella época con mezcla de orgullo y asco. Fiestas sin móviles ni internet, consumo de sustancias a granel y una libertad que hoy suena a leyenda. «Todo cutre, no había nada de nada», resume uno. El problema es que esa misma crudeza la idealizan ahora quienes no la vivieron. El relato oficial de que antes se disfrutaba más choca con la evidencia de que también se sufría más: menos recursos, menos ocio estructurado, más improvisación.
Juventud Z: ¿privilegiados o saturados?
La generación actual crece con pantallas infinitas y opciones de ocio pagadas, pero también con ansiedad, precariedad laboral y una presión social que incomoda a sus mayores. «Ahora ves a un cabroncete/a Z y jodo como lo gozan», dice alguien. Sin embargo, el lujo de poder elegir —viajes, series, delivery— nunca es gratis: viene con el precio de una insatisfacción crónica que los bakalas, acostumbrados a la escasez, apenas conocían.
La discusión queda abierta: cada generación cree haber vivido la mejor o la peor juventud, según el día. Lo cierto es que el diferencial de bienestar entre ambas es imposible de medir con cifras —ningún INE publica índices de felicidad retroactivos. Y quizá esa sea la única certeza.
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