Phoskitos, Tigretones y la bollería que marcó una infancia: ¿qué ha cambiado?
Los pastelitos industriales de los años 70 y 80 fueron, para muchos, un lujo reservado a ocasiones especiales o, en el extremo, un objeto de deseo que justificaba pequeños hurtos. El recuerdo de aquella bollería —Phoskitos, Tigretón, Pantera Rosa, Bony— está teñido de una nostalgia que choca con la conciencia actual sobre nutrición.
El sabor de la escasez: ¿por qué eran tan deseados?
La mayoría de quienes crecieron en aquella época coinciden en que estos productos no eran baratos. Un Phoskito costaba lo suficiente como para que «hincharse» fuera excepcional. Se compraban de pascuas a ramos, con la paga dominical, o directamente se robaban cuando la economía familiar no daba para más. La anécdota de un usuario que corría como una liebre mientras devoraba el bollo robado refleja una realidad socioeconómica que hoy parece lejana: la bollería industrial era símbolo de estatus infantil.
Pero no todo era necesidad. Los coleccionables que acompañaban a los pastelitos —cromos de Mazinger Z, figuras de Astérix, pegatinas— convertían la compra en un ritual. La estrategia de marketing de Bimbo y otras marcas logró que el envoltorio valiera casi tanto como el contenido.
Cambio de receta: ¿mejor o peor que antes?
Una de las discusiones recurrentes es si la fórmula original era menos perjudicial. Algunos sostienen que aquellos bollos «tenían el azúcar justa» y usaban manteca de cerdo en lugar de aceite de palma. Hoy, la reformulación hacia grasas hidrogenadas y edulcorantes artificiales ha creado un producto que muchos adultos consideran «muerte plastificada». La ironía es que, mientras antes se quemaba todo jugando en la calle, ahora el sedentarismo agrava el impacto de una composición más procesada.
Otros, sin embargo, recuerdan que incluso entonces se trataba de «azúcar pura con mensujes raros». La percepción varía según la tolerancia al dulce y la experiencia personal.
El debate ético: robar por un Phoskito
El hilo no elude una arista incómoda: varios participantes admiten haber robado estos pastelitos en tiendas. Unos lo justifican por la pobreza —«tocaba robar»—; otros lo consideran una falta de valores que nada tiene que ver con la situación económica. Lo que subyace es un contraste entre quienes vivieron la escasez como motor de supervivencia y quienes, aún en condiciones similares, optaron por el ahorro o la renuncia. El debate se tensa hasta desembocar en acusaciones políticas, reflejando cómo un simple bollo puede ser termómetro de las diferencias sociales.
El presente: ¿extinción o adaptación?
Marcas como Phoskitos han ido perdiendo cuota frente a alternativas más «saludables». Algunos productos emblemáticos han desaparecido (los Chocotacos, los Bucaneros en su formato original) o viven en versión reducida. La propuesta de adaptarlos con harina de soja y estevia suena a herejía para los nostálgicos, pero es la única vía para conquistar a un consumidor adulto que ya no se deja seducir por un muñeco sonriente con cuerpo de pastelito.
El cierre de esta conversación es abierto: la bollería industrial seguirá existiendo, pero el recuerdo de aquel primer Phoskito —con cromo de Mazinger Z incluido— probablemente no lo igualará ninguna versión moderna. La nostalgia vende, pero el paladar cambia. Y mientras tanto, quienes corrían para no ser pillados se preguntan si aquello fue delito o simple supervivencia.