¿Cuánto se adelgaza al día si no comes nada?
La pregunta parece sencilla, pero la respuesta depende de a quién se le pregunte. En un contexto de creciente interés por el ayuno intermitente y las dietas restrictivas, un análisis detallado de los cálculos y argumentos que circulan revela que la cifra varía entre 300 y 400 gramos diarios, según algunos participantes, y que gran parte de esa pérdida inicial es agua, no grasa. El dato clave, según un cálculo que circula en el debate: para perder un kilo de grasa hay que dejar de consumir 7.500 kcal, lo que sin ejercicio equivaldría a tres días de ayuno completo.
El glucógeno y el agua, los primeros en caer
Cuando se deja de comer, el cuerpo recurre primero a las reservas de glucógeno hepático y muscular. Según los cálculos que se manejan, el hígado almacena entre 120 y 150 gramos, y los músculos entre 400 y 600 gramos. Cada gramo de glucógeno va unido a unos cuatro gramos de agua, por lo que la primera consecuencia es una pérdida notable de líquido. Eso explica que la báscula baje varios cientos de gramos el primer día, pero no es grasa.
Mear como si no hubiera un mañana es la forma coloquial de describirlo.
A partir de las 24-72 horas, dependiendo de la persona, el organismo entra en cetosis y empieza a quemar grasa de forma más eficiente, según los defensores del ayuno prolongado, que aseguran que así se mantiene la masa muscular. Sin embargo, hay quien sostiene que el cuerpo prefiere tirar de otros tejidos antes que de la grasa, porque esta es la reserva de supervivencia.
La grasa es el seguro de vida, y el metabolismo no la toca hasta que no queda otra, según esta postura.
El mito de la termodinámica simplificada
Uno de los argumentos más repetidos es que adelgazar es simplemente comer menos de lo que se gasta. Las leyes de la termodinámica son incuestionables, pero su aplicación a la dietética es engañosa, según algunos participantes. Un ejemplo que se cita: 100 gramos de arroz cocido aportan 129 kcal según las tablas, pero esa cifra sale de un calorímetro de oxidación completa, que no refleja lo que realmente absorbe el intestino humano. La diferencia entre lo que se come y lo que se aprovecha es enorme, y depende de la flora intestinal, la preparación de los alimentos y el estado hormonal, según esta corriente.
El fracaso de la mayoría de las dietas se explica, según esta corriente, porque el metabolismo confunde la restricción con una época de escasez y activa mecanismos de ahorro.
Quema los muebles y guarda la leña: recurre a proteínas musculares antes que a la grasa acumulada. Por eso hay quien sostiene que el ayuno, bien pautado, es más eficaz que la simple restricción calórica, aunque los resultados a largo plazo siguen siendo objeto de disputa.
La experiencia de los ayunos prolongados
Hay testimonios de ayunos de hasta diez días que describen una pérdida de peso acelerada tras el tercer día, coincidiendo con la cetosis profunda. La sensación de hambre desaparece, según estos relatos, y el cuerpo se adapta a tirar de reservas. Pero también se advierte del riesgo de efecto rebote: después del ayuno, el organismo tiende a almacenar como grasa cualquier alimento que ingiera, lo que puede llevar a recuperar el peso perdido e incluso aumentarlo, según algunos participantes.
La recomendación que se repite es acudir a un nutricionista y combinar cualquier estrategia con ejercicio.
El cuerpo humano está diseñado para moverse, no para permanecer sentado, según algunos. La actividad física no solo aumenta el gasto calórico, sino que ayuda a mantener la masa muscular, que es la que sostiene el metabolismo basal. Sin músculo, el gasto diario cae y el círculo se vicia.
Al final, la cifra de 300-400 gramos diarios es solo un promedio teórico. La realidad depende de la genética, el punto de partida y, sobre todo, de cuánto de ese peso perdido es agua.
Lo que ningún análisis termina de explicar es por qué, sabiendo todo esto, seguimos buscando atajos.