Trabajar en negro en 1996 y no temblar por el futuro
¿Cuánto pagaría usted por estar en ese taller un 13 de mayo de 1996 a las 16:30? Manolito tiene 24 años, pliega cajas, escucha Loca FM con el
musicote de DJ Nano y no se pregunta en ningún momento si esa escena va a dejar de producirse. En el bolsillo lleva
150.000 pesetas cobradas el 30 de abril y 40.000 recién pagadas por horas trabajadas en negro. La dicha, dice el relato, no está en el importe. Está en no tener que hacer la cuenta.
Esa escena lleva más de seis años funcionando como objeto de deseo. El sol entra por las ventanas del taller y brilla más que nunca, dice el texto original, y ahí está el truco: nadie sabía que aquello era irrepetible porque nadie sabía que hubiera algo que perder.
¿Qué se podía pagar con 150.000 pesetas en 1996?
Menos de lo que sugiere el recuerdo. La España de febrero de 1996 arrastraba una
tasa de paro del 20% y el número de cotizantes a la Seguridad Social era el mismo que en 1975:
doce millones. Ese dato rompe la ensoñación. Aquel país no era un paraíso laboral, y quien lo pinta así suele estar comparando su juventud con el cansancio de otro.
Lo que sí era distinto era el suelo de precios. Un sueldo pequeño daba para vivir en una gran ciudad, sin pretensiones y muchas veces sin coche en casa, pero daba. Entradas de cine a
300 pesetas, alquileres que no exigían compartir piso a los treinta y un mercado donde dejar un empleo no era una catástrofe. La trampa es la de siempre: enfrentar el salario nominal de entonces con el de ahora y olvidar que aquel dinero compraba otra cosa.
El informático que pasó de 450.000 pesetas a 1.100 euros
Hay un contraste que resume mejor que ningún índice dónde se ha movido el suelo. En 1999, un perfil informático cobraba
450.000 pesetas al mes, con despacho, coche de empresa y stock options. En 2019, el mismo perfil se quedaba en
1.100 euros, en un cubículo, con abono transportes y guardias sin pagar. Veinte años separan las dos nóminas y no hay inflación que explique el salto.
No todo el mundo lo vivió igual. Hubo quien en 1996 tenía 26 años, tres tiendas heredadas en el sector de los souvenirs y un Z3 en la puerta, y quien sacaba dos kilos de beneficio después del puente de mayo y cenaba sin mirar la carta. Ese mundo existió, y también se apagó. La distancia con el
mileurista de 2019 no es de esfuerzo: es de ventana temporal.
Coches nuevos, cine barato y veranos que duraban un siglo
La nostalgia no es solo monetaria. Se circulaba con coches recién sacados del concesionario por la AP-68 hacia Zaragoza a lo que daba el marcador, sin radares, sin puntos y sin sobresaltos. Los críos bajaban solos a la calle con cinco años, quedaban a una hora y aparecían todos, y la mayor inversión tecnológica de la semana era alquilar un cartucho. Spectrum, Game Boy, Mega Drive: poco, pero exprimido hasta la última tecla.
El reverso de aquella libertad es una palabra que se repite:
prisión. El teléfono móvil, viene a decirse, no liberó a nadie; añadió una correa. La infancia de los noventa y los primeros dosmil se recuerda como un territorio donde el tiempo no se medía en notificaciones. Idealización, probablemente. Pero el contraste con la pantalla perpetua es lo bastante brusco como para que la queja no se disuelva sola.
Dos crisis que se comen la misma década productiva
Aquí la nostalgia deja de ser un ejercicio estético y se vuelve contabilidad. Quien tenía 23 años en 2020 llevaba dos recesiones a la espalda sin haber llegado a la treintena. Quien andaba entre los 30 y los 40 se comía las dos en plena etapa de crecimiento profesional y personal, con la carrera descolocada. Y quien emigró con un solo año de experiencia, a Gales o a cualquier sitio mejor, no lo hizo por romanticismo sino por aritmética.
Hay quien sostiene que la comparación es tramposa, que los noventa también fueron duros y que la memoria edita. La respuesta suele ser una cifra: un sueldo de entonces daba para hipotecarse, casarse y formar una familia, y hoy el mismo esfuerzo se queda en el alquiler. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y ahí está el problema.
El resultado es un mercado laboral donde la aspiración se ha encogido hasta un tamaño casi administrativo: horario respetado, sueldo que permita vivir con desahogo, vivienda asequible. Nada de eso es una utopía revolucionaria. Es la definición de clase media, que es exactamente lo que se ha ido diluyendo entre una crisis y la siguiente sin que nadie firmara el acta.
La escena del taller tampoco era perfecta. Solo parecía eterna, que es distinto. Y eso, hoy, no hay nómina que lo pague.