Red flags sobre una mujer 'empoderada': diagnóstico sin pruebas
La foto llevaba horas circulando cuando alguien pidió que se contaran las banderas rojas. La respuesta fue un coro: que si la mujer tiene un discurso empoderado, que si es capaz de planear un asesinato, que si colecciona supuestos rituales. En cuestión de minutos, el ejercicio de identificar señales de alarma para una relación se convirtió en un ajuste de cuentas personal, con acusaciones que llegaban al terreno familiar.
Una lista de agravios sin un solo dato
Entre las supuestas red flags citadas figuran el extremismo ideológico -se la sitúa en el extremo del eje político-, las costumbres inquietantes y una insinuación recurrente: la ruptura familiar explicaría unas presuntas perversiones que, siempre según este relato, se extienden a los hijos. Se llega a comparar su casa con un pequeño burdel de ideas, a imagen de la isla de Epstein. Todo ello se afirma con una seguridad sorprendente y sin aportar ni una prueba.
El veredicto dice más del juez que del acusado
Un par de voces aisladas señalan la incongruencia: pasar la noche del viernes catalogando defectos de una desconocida no parece mucho más razonable que el comportamiento que se denuncia. Es la única nota escéptica en un coro que mezcla deseo, desprecio y política. La conclusión es incómoda: las red flags se han convertido en un manual para patologizar a las mujeres con carácter. En ese manual cabe todo -perversión, delito, locura-, menos la pregunta de qué se está proyectando. La única referencia concreta, un detalle sobre una hija mayor que no se fía, se usa como prueba en lugar de invitar a la prudencia.