¿Reparto de bienes o más conflicto?
Cuando se habla de posguerra, lo primero que salta es la pregunta incómoda: ¿qué pasa con los activos de EE.UU. y
Reino Unido en Europa? Las bases militares, las tecnológicas, los fondos de inversión. La idea de una liquidación forzosa planea sobre el debate, pero choca con la realidad de un sistema global interdependiente.
El lobby militar-industrial no va a dejar que se apaguen las luces sin más. La guerra es un negocio demasiado rentable como para terminarla de verdad. La destrucción de bienes sostiene el orden económico, y cambiarla por otra guerra es el plan B preferido. Lo vio claro alguien: cuando termine una, nos comenzarán otra.
Algunos apuntan a que el deep state ya tiene preparado el guion. La alternancia entre Von der Leyen, Biden, Sánchez o Feijóo es cosmética. El poder real se mueve en la sombra, decidiendo quién se queda con qué. Pero otros recuerdan que los imperios se derrumban por su propia economía: la URSS tenía recursos infinitos y quebró por mala contabilidad. Sin gestión, no hay botín que valga.
El debate, en el fondo, refleja la ansiedad de un mundo que no sabe gestionar la paz. Mientras unos fantasean con el reparto, otros señalan que la guerra nunca termina: se transforma. Y en esa transformación, los pequeños ahorradores siempre pierden.