El rodamiento, el nuevo dolor de cabeza del coche eléctrico
¿Y si el punto débil del eléctrico no fuera la batería, sino un rodamiento? El debate técnico ha cambiado de frente: los motores de imanes permanentes trabajan a regímenes altísimos y las corrientes parásitas generadas por los inversores PWM pueden provocar el llamado “fluting”, unas picaduras en los rodamientos de acero que acaban destruyéndolos. En los modelos de gama alta se usan bolas de nitruro de silicio —cerámicas— que eliminan el problema. El resto, rodamientos de acero a secas.
El coste de la avería es el verdadero golpe. Al no comercializarse los rodamientos sueltos, la solución pasa por cambiar el motor entero: entre 8.000 y 9.000 euros. Una factura que contradice el “bajo mantenimiento” prometido.
No todo el mundo lo ve igual. Hay quien sostiene que es un falso mito: 300.000 kilómetros equivalen a unas 4.000 horas de uso, y en ese margen el fluting no aparece. Otros apuntan a que el fallo no es eléctrico, sino mecánico: motores infradimensionados, velocidades de giro extremas y vibraciones propias de la carretera. La experiencia por fabricante tampoco es uniforme: los coreanos están dando guerra; chinos y europeos, de momento, no.
Mientras unos hablan de “estafa”, otros ponen el acento en el matiz técnico. Lo único seguro es que la factura del mantenimiento eléctrico empieza a aparecer en el radar. Y no siempre sale donde se esperaba.