¿Quién mira cuando una mujer critica a otra por su peso?
La poeta granadina Mayte Gómez Molina, Premio Nacional de Poesía Joven, desató una tormenta con una frase de su primera novela
La boca llena de trigo: «Cuando miras a otra mujer y piensas que está gorda, en realidad es un hombre el que está mirando a través de tu propia cabeza». La entrevista en El Mundo, hace once días, no solo reavivó el debate sobre el canon corporal y la mirada masculina, sino que provocó una reacción visceral que apunta a algo más profundo: la incomodidad que genera cuestionar la autocrítica femenina.
La tesis que divide
Gómez Molina plantea que la mirada que una mujer dirige a otra para juzgarla no es propia, sino heredada del patriarcado. La idea no es nueva —el concepto de «mirada masculina» de Laura Mulvey data de los setenta—, pero su aplicación a la crítica entre mujeres genera rechazo. Quienes se oponen arguyen que reduce la agencia femenina: «con esos razonamientos lo que entiendo es que las mujeres son incapacitadas mentales», resumió una corriente del debate. Otros señalan que el argumento es simétrico: ¿qué pasa cuando un hombre juzga a un calvo o a un bajito? La pregunta revela un escollo lógico que la autora no aborda.
La respuesta: un linchamiento en toda regla
El ataque a Gómez Molina fue personal, no intelectual. Se centró en sus tatuajes, su peso —calificada repetidamente como «gorda» por sus críticos—, su presunta orientación sexual y su aspecto físico. «Parece que lleva en el brazo derecho a San Cristóbal de la santa erección», ironizó uno. Otros redujeron el debate a lo más básico: «Para un hombre las mujeres se dividen en dos categorías: follable y no follable». La crudeza del lenguaje y la ausencia de argumentos sustantivos sugieren que la incomodidad no es con la tesis, sino con quién la sostiene: una mujer joven, tatuada, con premio literario y discurso feminista.
El ruido de fondo: medios, subvenciones y agenda
Una corriente del análisis apunta a la responsabilidad del medio: «La pregunta es quién le da un altavoz tan potente como El Mundo a esta [….]», se preguntaban. La financiación de la cultura y lo que algunos denominan «el régimen» —en referencia a la promoción de discursos contrarios a la masculinidad tradicional— aparecen como telón de fondo. Que la crítica se desplace de la tesis a la persona y de la persona a la conspiración es el indicador más claro de que el debate está secuestrado por los prejuicios.
La paradoja de la autocrítica
El dato curioso lo aportó un comentario que recordó que la palabra «histérica» viene del griego
hystera (útero). Quien lo escribió lo hizo para justificar que las mujeres «son así»; la ironía es que el propio origen etimológico refuerza precisamente la idea de Gómez Molina: la mirada médica masculina patologizó lo femenino. Pero el debate no dio para matices.
Con estos mimbres, lo más probable es que la autora y su novela salgan beneficiadas del ruido. En la economía de la atención, ser linchada en Twitter —o en un foro— sigue siendo gratis y rentable.