Cuando la IA deje sin curro a los de cuello blanco, ¿quién se pone el mono?
El planteamiento es sencillo y no admite muchas vueltas: si la inteligencia artificial se lleva por delante el trabajo de oficina en menos de una década, ¿a qué se dedica un consultor, un administrativo o un comercial reconvertido? La pregunta, lanzada con la socarronería de quien pregunta a su abuelo qué estudiar y recibe un «hazte fontanero», abre un catálogo de oficios físicos que va del probador de colchones al criador de cabras. Y debajo del chiste hay un asunto serio: qué trabajos no se pueden teletrabajar, ni automatizar, ni deslocalizar.
Los oficios que la IA no puede hacer (de momento)
La primera respuesta que aparece es la del curro manual clásico:
fontanería, electricidad, cerrajería, albañilería. Son oficios que requieren manos, desplazamiento y trato con un cliente que no va a llamar a un robot para que le arregle la cisterna. Hay quien añade un matiz: la cerrajería seguirá siendo buena opción «con todos los okupas y la delincuencia que habrá», un argumento que mezcla oficio con inseguridad ciudadana y que conviene tomar como lo que es, una opinión más del catálogo.
El segundo bloque es el de los servicios personales y el cuidado:
enterrar, limpiar, cuidar, cocinar, servir copas. Un participante apunta que el sepulturero tiene los días contados porque «lo hará un roboc», pero el consenso tácito es que todo lo que implique cuerpo presente y contacto humano aguanta mejor el embate. La agricultura y la ganadería aparecen y desaparecen del debate: alguien se entusiasma con cultivar, y al momento le responden con una fábrica china de cultivo autónomo con robots cosechadores. El campo ya no es refugio seguro.
El plan B que nadie quiere oír: opositar
Frente al catálogo de oficios, surge la tesis más repetida:
lo único blindado es lo regulado o lo protegido por el Estado. Abogado del Estado, administrativo de ayuntamiento, cualquier plaza que exija una oposición. El argumento es que la IA podrá ser mejor o peor, pero no va a sustituir un puesto que la ley reserva a un funcionario. Y hay un cálculo de oportunidad: la generación de funcionarios que se jubila deja plazas libres que conviene pescar ahora, aunque el sueldo de entrada sea modesto.
La contra réplica llega rápido. Si el trabajo de cuello blanco se hunde, la oposición se convierte en el nuevo cuello de botella:
millones de candidatos para un puñado de plazas. Y el que no tenga capacidad de estudio, que se apunte a lo físico. La conversación deriva entonces hacia algo más incómodo: la competencia global. «A ver quién compite en el mundo del trabajo físico con millones de personas más jóvenes, más fuertes y con más hambre», resume una intervención. El oficio manual deja de ser refugio y pasa a ser mercado disputado.
Del «será peor que ahora» al colapso del sistema
Hay un hilo subterráneo que recorre toda la discusión: la sospecha de que esto no va de elegir oficio, sino de que
el sistema entero se va a reordenar. Alguien sostiene que quedan «cuatro o cinco años de vida normal» y que después el mundo será «mil veces peor». Otro apunta que los que hoy se ríen serán los primeros en caer. Y aparece la tesis más incendiaria: que reviente el sistema para que los supervivientes de cuello blanco tengan que trabajar de sol a sol y mendigar sobras a los que sí tienen tierra.
En medio de ese ruido, alguien lanza el cálculo más frío:
el que aguante unos años más trabajando podrá comprar a precio de saldo las propiedades de los que ya hayan sido sustituidos, y esa diferencia marcará las clases sociales del mundo que viene. Es la versión inmobiliaria del apocalipsis: no todos caen a la vez, y el que cae último compra barato.
La IA no es tan lista como la pintan
Frente al pánico, aparece la corrección técnica. Un participante sostiene que la cantidad de datos reales con los que trabaja la IA es «ínfima» y que el entrenamiento constante no es viable por capacidad de cálculo. No es un argumento de barra de bar: apunta a que el salto que se anuncia tiene un techo físico. Otro añade que la IA es «la religión de hoy» y que los fracasados de ayer chillaban que Dios iba a joder a los ricos, igual que hoy se chilla que los robots van a joder a los que hicieron las cosas bien.
Y luego está el que se ríe de todo. «En este foro, dados los conocimientos técnicos que poseemos por méritos propios, dudo que tengamos problema con la IA», escribe alguien. «No hay IA capaz de discurrir tal magnitud de genialidades en tan breve espacio de tiempo». Es la única respuesta que no necesita plan B: la autoestima.
Al final, el catálogo de oficios futuros se queda en un limbo: ni el mono ni la corbata garantizan nada. El fontanero tiene trabajo, pero competencia. El funcionario tiene plaza, pero oposición. El agricultor tiene tierra, pero robots. Y el que escribía esto desde una oficina, mirando por encima del hombro al que remaba, ya no sabe si reír o apuntarse a un curso de soldadura.