Los mejores finales del cine son tristes, y el público lo sabe
El final de una película decide su lugar en la historia. Una cinta con un arranque brillante y un guion sólido se desinfla si el cierre no está a la altura. Pero no basta con que sea bueno: los finales que el espectador recuerda décadas después tienen una nota en común. Son amargos, agridulces o melancólicos. Esa es la corriente que domina la conversación cinéfila cuando se pregunta por el mejor desenlace de la historia.
El «club de los poetas perecid» es el ejemplo perfecto. Los alumnos se suben a las mesas, pero no todos. Solo los que captaron el mensaje. La escena funciona porque no ofrece consuelo: la rebeldía tiene un precio y la película lo cobra. Algo similar ocurre con «Los sin nombre», del cine español: la niña introduce el cañón de la pistola en su boca mientras mira a su progenitora. Crudo, incómodo, inolvidable.
El reinado del final amargo
La lista de finales celebrados está plagada de desenlaces sin redención. «De prisa, deprisa», la obra cumbre del cine quinqui, termina con el protagonista desangrándose en una cama mientras su compañera se marcha con el dinero. «Taxi Driver» convierte a un desequilibrado en héroe, y la sociedad lo aplaude, aunque el personaje sigue tan roto como al principio. La escena de los retrovisores no deja lugar a dudas: todo sigue igual, solo que ahora con una medalla.
En el apartado agridulce, «Drive» cierra con los protagonistas vivos pero imposibilitados para estar juntos. La música que irrumpe tras el silencio de la aparente gloria del protagonista es una inyección de synthpop que resucita la esperanza, solo para dejarla varada en la carretera. Es el tipo de final que no da respuestas, y por eso mismo se queda grabado.
El final que no se rodó: la versión alternativa
Parte del interés se centra en los finales que pudieron ser y no fueron. En «Acorralado» se rodó un desenlace en el que Rambo terminaba con todo, descartado por su crudeza. De haberse usado, probablemente no habría habido secuelas. Algo parecido pasa con «Blade Runner»: Ridley Scott se vio forzado a rodar un final idílico que no le convencía, con Deckard y la replicante huyendo hacia un paisaje de ensueño. Años después, el montaje final suprimió esa escena, pero mantuvo a la pareja en fuga. El final original, una obra maestra, se quedó en el montaje del director.
Lo que convierte un final en eterno
A veces el detalle es sonoro. En «Todos los hombres del presidente», el sonido de las máquinas de escribir y los teletipos en la redacción del Washington Post resume todo el caso Watergate. No hace falta un discurso: el ruido del cierre lo dice todo. Otras veces es la puerta. En «Centauros del desierto» se abre al inicio y se cierra al final, enmarcando la soledad de Ethan. En «El Padrino», la puerta se cierra ante Kay, sellando la transformación de Michael Corleone.
Los clásicos que no envejecen
El listado de finales imprescindibles no entiende de épocas. «Casablanca» mejora con el tiempo, como señala la crítica. «Senderos de Gloria» tiene un final que eriza la piel: los soldados pasan de ver a la cantante como un trofeo a reconocer en ella a sus hijas, sus muyer, sus hermanas. «La vida de Bryan» demuestra que el humor también puede tener un final memorable, con la canción final en la cruz. Y «Gattaca» cierra con la competición con el hermano, el alivio cómico y el despegue de la nave: pocos finales sintetizan tan bien el triunfo de la voluntad.
La conclusión es incómoda para los que buscan historias con sarracena: los mejores finales no son los que cierran la herida, sino los que la dejan abierta. La lista seguirá creciendo, con la «Odisea» de Nolan al fondo y los finales que retuercen al espectador, como el de «La niebla» (2008). Pero los títulos de siempre seguirán ahí, recordando que una buena película se juega el todo por el todo en los últimos diez minutos. La tendencia apunta a que el espectador prefiere la incomodidad antes que el consuelo fácil. Y eso, probablemente, no cambiará pronto.