Vivienda, inmi gración o políticos: el triple diagnóstico de España
¿Cuál es el principal problema de España? Basta asomarse a cualquier debate económico para toparse con un catálogo de dolencias que van desde el precio de la vivienda hasta la falta de productividad, pasando por la inmi gración, los políticos o la propia Constitución. Pero si algo queda claro es que no hay consenso ni sobre el diagnóstico ni sobre el tratamiento.
El diagnóstico económico: vivienda, inflación y salarios
Una primera corriente señala los clásicos: el coste de la vivienda se ha disparado, el salario medio no permite independizarse en las grandes ciudades, y la inflación, aunque moderada respecto a 2022-2023, sigue erosionando el poder adquisitivo. A esto se suma una productividad estructuralmente baja, con un empleo concentrado en sectores de bajo valor añadido como el turismo. Son problemas reales, medibles y que cualquier familia nota en su día a día. Sin embargo, los datos del INE indican que de los 230.000 emigrantes anuales que salen de España, solo 30.000 han nacido aquí, lo que relativiza el discurso de la fuga de talento masiva.
El factor político-institucional: de los políticos al Régimen del 78
Otra trinchera apunta al sistema político como causa raíz. Desde quienes sostienen que los políticos son un problema en sí mismos —una casta que brota de las urnas pero que después actúa sin control— hasta quienes señalan el diseño constitucional de 1978, con un Estado autonómico caro y duplicidades, una ley electoral que favorece a los partidos nacionalistas y un poder judicial no independiente. «La falta de democracia real y efectiva» es el mantra de este bloque. La crítica alcanza también a la gestión de las autonomías, las lenguas cooficiales y la estructura territorial.
La inmi gración como eje central
Un tercer foco, y quizás el más polarizante, coloca la inmi gración —tanto legal como ilegal— en el centro de todos los males: desde la presión sobre la vivienda y los salarios hasta la saturación de los servicios públicos y la percepción de inseguridad. Algunos análisis vinculan la baja productividad con la llegada masiva de mano de obra poco cualificada, y otros advierten de la pérdida de identidad cultural. En el lado opuesto, hay quien considera que el problema no son los forasteros, sino la falta de integración y de control fronterizo. El debate se encona rápidamente, y no faltan quienes reducen toda la discusión a una cuestión de «oleada turística» o «sustitución».
Con semejante dispersión de diagnósticos, lo único que parece seguro es que el enfermo no se pone de acuerdo ni en qué le duele. Y mientras tanto, el país sigue funcionando a medio gas, con cada grupo señalando a su culpable favorito. Quizá el verdadero problema de España sea que tiene demasiados problemas, y cada cual ha encontrado el suyo.