Accidentes, suicidios y la banalidad de la tragedia cotidiana
¿Cuál es la muerte más bestia que has presenciado o conocido de cerca? Esa pregunta, lanzada al vacío de internet, ha reunido un catálogo de muertes que van desde lo trágicamente común hasta lo grotescamente absurdo. El hilo recoge testimonios de primera mano sobre fallecimientos en el entorno laboral, suicidios impulsivos y accidentes tan rocambolescos que parecen sacados de una película.
Accidentes laborales: el riesgo en el día a día
La mayoría de las historias giran en torno al trabajo. Albañiles que caen desde alturas sin arnés, camioneros aplastados por su propia carga, operarios que mueren al ser sepultados por grava o al caer en pozos ciegos. Un testimonio relata cómo un trabajador fue despedazado por las paletas de una fábrica de ladrillos tras caer en la torba de barro; otro, cómo un vecino albañil encendió un mechero para ver dentro de un pozo ciego y pereció en la explosión. La construcción y la industria se llevan la palma en número de relatos, con una constante: la falta de medidas de seguridad.
Suicidios: la presión que se cobra vidas jóvenes
Los suicidios aparecen en varias formas: un adolescente que se ahorcó porque sus padres prohibían su relación; un joven que se pegó un tiro con la pistola del padre militar; otro que se ató un megapetardo al cuello; y el caso de un hombre que, al saber que su mujer le abandonaba por un brasileño, se bebió un litro de lejía. En todos subyace una presión emocional o psicológica insoportable. Sin embargo, el relato más desolador no es el de una muerte violenta, sino el de un anciano de 94 años que vivió ocho décadas sumido en una depresión mayor sin tratamiento, una muerte en vida que el propio narrador califica como la peor de todas.
Muertes absurdas: cuando la imprudencia mata
Algunas muertes desafían la lógica. Un hombre practicó un juego erótico que le llevó a coserse la uretra y morir por colapso orgánico. Un trabajador agrícola bebió insecticida creyendo que era agua y fue consciente de su error antes de morir. Un joven se disfrazó de superhéroe bajo los efectos del LSD y saltó por la ventana. Y no falta la muerte por causas triviales: un infarto mientras se estaba en el baño, o la caída de un mueble de 300 kg durante una mudanza. La línea entre el drama y el esperpento es fina.
La moraleja, si es que la hay, es que la muerte no entiende de guiones. Una vida se puede truncar por un resbalón en casa, por un malentendido con una botella o por una decisión tomada en un instante de desesperación. Como ironiza uno de los testimonios: «Firmaba una muerte dulce e inesperada, pero no esta». Y quizá lo más bestia sea la normalidad con la que convivimos con la certeza de que, cualquier día, puede tocarnos a nosotros.