El lobo evoca dos imágenes distintas y contrarias.
De un lado que el lobo es un depredador necesario para el equilibrio del ecosistema. Las imágenes al respecto son obra, para el caso español, de Felix de la Fuente. Niños de todas las edades empezaron a ver al lobo de manera distinta que sus ancestros. Se trataba de un noble animal puesto por la Naturaleza en la parte superior de la pirámide alimenticia en Europa. Todos flipamos viendo el desarrollo estratégicos de sus cacerías y cómo inagotables, iban cercando a su presa hasta darle gloria y poder así alimentar a los tiernísimos cachorros de sus manadas. Es una imagen real del lobo pero incompleta.
De otro que el lobo es un depredador que compite con los humanos que criaban ganado para alimentar y vestir a otros humanos. Sus cacerías en estos casos son muy distintas de las que tiene el imaginario urbano sobre su condición de natural depredador. De hecho, el urbanita las desconoce porque no ha tenido quien se las ofrezca como si las tuvo de su caza en el medio salvaje. Deberán -es un decir- creer en las exageraciones del pueblerino que vive del patrimonio natural común extrayendo sus riquezas y que se quejan de que les han apiolado y herido a todo el rebaño. No puede ser cierto que un lobo enloquezca matando ganado que no podrá comer. Eso de que mate por el instinto depredador más allá de su supervivencia, como que no casa bien con su modo de cacería en el medio salvaje.
En mi pueblo al norte de CYL, los ecologistas de primera hornada lo decían siempre: el ganadero sacrifica sus ejemplares enfermos o de escaso valor comercial para buscar una compensación económica. Listos los hay en todas partes y sectores pero los ganaderos recibieron el premio a ser los más listos de todos. Un solo caso de listura rural sería suficiente para condenar al infierno de los muy listos a todos los ganaderos. Como ave "felix", la listura del listo remontaba el vuelo hasta cubrir con la inmensa extensión de sus alas el drama real de los ataques lobunos a corrales o en campo abierto. El "problema" del lobo había dado paso a otro que ya es un viejo conocido: el problema del hombre, o más bien, el problema del hombre que no piensa ya en el hombre sin su densa atmósfera de sospecha.
Frente a lo natural y necesario para el equilibrio de la naturaleza que son los roles de depredador y herbívoro, aparece el gran depredador humano que es lobo para el hombre y si lo es para el vértice superior de la pirámide, ¿cómo no habría de serlo contra los niveles inmediatamente inferiores?
Vistos aisladamente -por separado- hombre y lobo ¿qué especie mola más? Tiempo atrás esta pregunta sería vista como una broma o producto de una imaginación poderosa con demasiado tiempo libre. Hoy la pregunta está en el aire pero si uno se deja llevar por el flujo cultural imperante evitando intervenir de manera consciente y racional, se dará cuenta de que existen dos adjetivos que definen a cada cual. Uno es "noble" y el otro "egoísta". Si al punto siguen sin intervenir conscientemente en ese reparto de papeles, sabrán hacia dónde se inclina la balanza de su juicio incluso en contra de su propia opinión formada.
Todo aprovecha en la campaña sistemática contra la humana humanidad y cualquier conflicto se dirime en el campo de batalla de nuestra percepción de humanos. La pugna entre el hombre y la naturaleza es ahora radical y no tanto en tanto que pugna real del hombre que se sirve de la naturaleza sino del relato que eleva al hombre a criatura lujuriosamente salvaje que dejó atrás su salvajismo natural -y en armonía perfecta con los ritmos naturales- para volverse lujurioso e injustamente sentirse dueña de la naturaleza. Dueña lujuriosa debo repetir porque no cabe en este refresco de la leyenda del buen salvaje que el hombre también ha sido jardinero y paisajista de su entorno natural.
Los lobos, las ovejas y las vacas, como los perros, no tienen conciencia ni responsabilidad. Son objetos vivientes sin voluntad en medio de una guerra humana que podría llegar a evocar, imaginación mediante, las luchas olímpicas entre los dioses...
Urbanus y Rúral se odian ya a gloria desconociendo los entresijos de las más altas esferas. Davos y Révolos se miden las fuerzas sin negarse mutuamente su vieja y divina cortesía. No podrá el uno contra el otro porque juntos son plenitud; son el ying y el yang del cosmos en permanente cambio tan difícil de equilibrar entre sus periódicas guerras celestiales.
Después de todo, si lo miran bien, eso de ser cumbre de pirámide y víctima de depredación son términos muy contradictorios y quizás la manera más fácil de abordar ese obstáculo conceptual consista en entender que entre la Teología y la Mitología no existen tantas diferencias pero no necesariamente aquellas que son usadas para bajar de su altar a la Teología igualándola a los mitos, sino justo el proceso contrario que alce al mito a los más elevados y sutiles contextos teológicos.
Disculpen ustedes. Es Sábado y fuera hay una niebla densa. 😎