Fallarás a los que no votan: «Será culpa suya lo que pase»
Cristina Fallarás lo dejó claro en el
minuto 27:10 de una entrevista: quien no acuda a votar cargará con la culpa de todo lo que ocurra después. La frase ha circulado más rápido que cualquier matiz y ha provocado el efecto contrario al buscado: más usuarios del hilo diciendo en voz alta que se quedan en casa. No es una salida de tono aislada. Cuando el voto se convierte en deber moral y la abstención en traición, el mensaje deja de convencer y empieza a movilizar por rechazo.
«Será culpa suya todo lo que pase»
El argumento no admite matices: los que no voten responderán por el resultado. Sobre la desafección política, Fallarás asegura que le «importa un pito» de dónde venga. Y reconoce que ella vota con el estómago revuelto:
«Por el veto a Irene Montero vomitaría, pero voy y voto». La papeleta, así planteada, no es una expresión de voluntad, sino una
penitencia.
El resto de su intervención completa el cuadro. Sitúa a VOX en la órbita ultra y avisa de su entrada en el Gobierno. Descalifica a una parte del electorado del PP que se desplaza hacia ese partido. Y resume el escenario que teme en una lista de ceros:
«0 dinero para feminismo, 0 para políticas LGTB+, 0 para el ministerio de igualdad». Añade el cierre de casas de acogida para mujeres maltratadas. Menciona también a los votantes que se pasan al PSOE por miedo a VOX y califica de «perversión» la idea, atribuida a Felipe González, de que el PSOE deje gobernar a la lista más votada apartando a Sumar y a VOX. El mensaje, en conjunto, tiene una destinataria clara: la izquierda que un día votó y hoy se lo piensa.
El eco del discurso de la vacunación
Un participante del hilo traza el paralelismo con la pandemia. El reproche a los no vacunados por su supuesta responsabilidad colectiva se parece demasiado, según su argumento, a este
reproche al abstencionista. Cambia una palabra y el esquema se repite: un deber cívico elevado a dogma, un grupo señalado y una culpa repartida desde el atril. No hace falta compartir el fondo para reconocer la forma.
Ahí está el problema. La crítica no niega que votar tenga consecuencias. Niega que señalar al que no vota sea la manera de convencerle.
El reproche moral rara vez mueve una papeleta; casi siempre la entierra un poco más. La conversación se ha desplazado del «a quién votar» al «qué se hace con el que no vota», y ese giro no favorece a quien lo provoca.
¿Por qué incomoda más la abstención que el voto a la ultraderecha?
Porque al abstencionista no se le puede asustar. La maquinaria de campaña funciona con miedo: se señala al adversario para arrastrar al votante propio. Contra la ultraderecha se moviliza con amenaza; contra quien se queda en casa no hay amenaza posible, porque ya ha decidido que no le importa. De ahí el reproche, y de ahí que suene tan desesperado.
Ese es el punto ciego del argumento. Si el abstencionista es el enemigo a batir, la campaña se convierte en un ajuste de cuentas con su propio electorado desencantado en lugar de una oferta para recuperarlo.
Culpabilizar al desencantado no lo trae de vuelta. Lo confirma en su decisión.
Votar a VOX solo para fastidiar
De la bronca ha salido una paradoja electoral. Hay quien plantea ejercer el voto únicamente para incomodar: si a los que dan lecciones les molestan por igual VOX y la abstención, ¿cuál de las dos duele más? La pregunta, formulada en voz alta, retrata a un electorado que ya no vota por convicción, sino por castigo.
El
voto de castigo tiene un problema conocido. Se cobra en las urnas y se paga en políticas públicas durante los años siguientes.
Votar para fastidiar a alguien concreto es la forma más rápida de acabar gobernado por lo que uno quería evitar. La ironía se la cobra el calendario.
La abstención como negocio del sistema
El otro eje del análisis apunta a la maquinaria.
Votar es un derecho, y lo contrario de un derecho nunca es una obligación —ni legal ni moral—, sostiene la abstención más dura, para la que al sistema le da igual a quién votes: los cargos y los sueldos se reparten igual, y lo único que la estructura necesita es que la gente participe para legitimarse.
Un participante contrapone la figura del cómico George Carlin al vídeo. Detrás hay una tesis incómoda: si el sistema se alimenta de participación,
la abstención es el único gesto que no puede procesar. Discutible, pero explica por qué el reproche de Fallarás ha caído tan mal.
El pronóstico, con todas las reservas, es que el reproche moral apenas mueva un voto y refuerce a quien ya pensaba quedarse en casa. Cada vez que un altavoz culpa al abstencionista, la abstención gana un argumento. Si de verdad se quiere combatir la desafección, el camino no pasa por culpabilizar al desencantado, sino por entender por qué lo está. Y de eso, en el minuto 27:10, no se habló.