Satanás, ¿ente real o constructo del ser humano?
Aunque la ciencia empujó a Lucifer al terreno del símbolo, la pregunta por su existencia no se extingue. ¿Puede el diablo ser una entidad física, en este plano o en otra dimensión, o es solo una metáfora del mal que fabrica el propio ser humano? La cuestión divide desde la teología hasta la experiencia personal.
En un extremo está la lectura literal: se cree en Dios y, por coherencia, se acepta al demonio como criatura espiritual. En ese bloque se inserta la referencia a un obispo que habló de posesiones y señaló que un hombre concreto «muy probablemente» estaba poseído, con fotografías de rostros inquietantes. En el otro extremo, la tesis inversa: el único diablo es el hombre; la consciencia de ser sería el único Dios y cualquier imagen de un Dios externo ya estaría configurando al diablo. Entre medias, una posición intermedia admite entidades con conciencia pero sin cuerpo físico, y recuerda que muchas culturas describen figuras demoníacas parecidas. «Por algo será», remata.
La experiencia personal añade el dato más incómodo. Hay quien asegura haber visto al diablo en sueños y parálisis del sueño con formas cambiantes: ángel, demonio rojo, dragón, payaso, anciana, incluso el alien de la película de Ridley Scott. Lejos de aterrar a quien lo narra, la visión acaba en un mensaje de empoderamiento espiritual: esas entidades serían «fracasados del mundo espiritual», inferiores en poder y dignidad. La psicología lo explicaría como alucinaciones hipnagógicas; la interpretación sobrenatural no renuncia a su versión.
La pregunta queda abierta. Si creer en Dios sin creer en el diablo es un absurdo lógico, como se argumenta, el asunto no es solo teológico: es un espejo de hasta dónde estamos dispuestos a responsabilizarnos del mal. O a echarle la culpa a alguien con cuernos.