La «España torera»: retrato o caricatura del mundo rural
La «España torera» existe, y no solo como leyenda. El relato que circula estos días —padre escopetero y bebedor, madre analfabeta y rezadora, ocho hijos, el sexo convertido en tabú absoluto, la escuela abandonada a los diez años— no es una invención de sobremesa: describe un modelo social con geografía, clase y décadas encima.
Las lecturas se parten en dos. Unos lo elevan a literatura y lo ponen al lado de La familia de Pascual Duarte: retrato tétrico, veraz, magníficamente narrado. Otros lo rebajan a guion: falta detalle, sobra efectismo. La defensa del texto es contundente: la costumbre —contada en clave de violencia doméstica— estaba «muy arraigada» y en cada pueblo existían casos «exactamente literales».
Un fenómeno que no murió en los pueblos
La tesis que recorre el relato es la continuidad. La casa donde el sexo no se nombra, donde la formación se corta pronto y donde la mano se levanta «suelta» no pertenece solo a los años setenta u ochenta. Cambia el escenario —primero el pueblo, hoy el barrio— pero no el mecanismo.
Hay quien añade una pata económica: sin estudios, sin red y con dependencia total del marido, la mujer queda encerrada sin recursos ni salida. En ese marco la violencia no es un arrebato puntual, es rutina administrada en silencio.
¿Literatura o estigma sobre un territorio?
El reproche de fondo no es de estilo. Retratar el horror no equivale a generalizarlo sobre toda una España rural. Lo que para unos es memoria incómoda, para otros es caricatura que convierte la tradición en coartada.
Con estos mimbres, la polémica seguirá viva. La pregunta no es si esa costumbre existió, sino cuánto de ella sobrevive todavía.