La corrupción política reabre la cuestión de las penas máximas
La corrupción en España vuelve a despertar exigencias de castigos ejemplares. En el centro de la conversación pública ha reaparecido una propuesta que suena extrema: recurrir a penas de mano dura, incluida la pena de muerte, como hace China con sus funcionarios corruptos. La pregunta no es retórica: mientras los casos de desvío de fondos públicos se acumulan, crece el sector de la ciudadanía que considera que la respuesta penal actual es papel mojado.
Una de las corrientes del análisis sostiene que el corrupto no solo roba dinero, sino que traiciona la confianza de quienes votan y trabajan. Por eso exige que devuelva hasta el último euro, pierda sus privilegios, quede inhabilitado para el resto de su vida y cumpla una condena real en prisión. El ejemplo de China, donde la gran corrupción se castiga con cadenas perpetuas y, en casos extremos, con la pena capital, se cita como demostración de que el rigor funciona.
La posición contraria se basa en la desconfianza: si las penas las fijan los propios políticos, no hay ley que valga. En el pasado, se recuerda, los corruptos llegaban a ser ejecutados, a veces con sus familias. Ese imaginario de justicia primitiva sirve hoy para ilustrar hasta dónde puede llegar la desesperación social. No faltan quienes bromean con que una purga así dejaría a España sin el 90% de su clase política.
El fondo del asunto no es la severidad, sino la credibilidad del sistema. Si quienes tienen que aplicar la ley son los mismos que se benefician de su debilidad, la demanda de castigos máximos seguirá creciendo. Y la conversación, mientras tanto, gira en falso.