El miedo a la censura total recorre los análisis más pesimistas
En un rincón de la red volcado en la guerra de Ucrania dan por hecho que internet dejó de ser libre hace años. La conversación que allí se arrastra no discute ya si llegará la censura, sino cuándo. Quien abrió el asunto lo planteó sin adornos: los buscadores filtran resultados, los servicios de inteligencia acumulan nombres y direcciones, y cualquier día la persiana baja sin aviso. La tesis arrancó con un puñado de respuestas y ha ido creciendo entre insultos, matices y algún dato suelto.
¿Va a más la censura en internet?
Sí, según el diagnóstico dominante entre los más pesimistas, que sitúan a los buscadores en la primera línea del filtrado. El argumento se apoya en un caso concreto: el buscador Qwant anunció que retiraba de sus resultados a los medios estatales rusos RT y Sputnik para cumplir las sanciones de la Unión Europea, y lo justificó diciendo que «la web neutral no debería usarse para propaganda de guerra». Para quien abrió el asunto, esa frase certifica que la neutralidad ha dejado de existir.
De ahí el consejo que repite: abandonar Google y buscar en Yandex, Qwant o DuckDuckGo cuando se persigue información contraria al relato dominante. Él mismo admite que puede no bastar. Hay respuestas que tachan todo esto de película y sostienen que el control real es otro, mientras el propio autor del mensaje avisa de que las pocas libertades que quedan se reducirán todavía más. La
lista negra ucraniana, sostiene, no tendría su base en Ucrania sino en Langley, Virginia.
Del bloqueo exterior a los servidores bajo sospecha
Una parte asegura que el acceso ya está cortado desde fuera: desde Ucrania, incluso con una conexión VPN de ese país, no se puede entrar, sin que se conozca el motivo. Otra corriente afirma, sin aportar pruebas, que el servidor que aloja todo estaría en Moscú y que la moderación responde a intereses alineados con Rusia; la misma añade que el contenido crítico con Occidente inunda el espacio y que los hilos desafectos se llenan de cuentas automatizadas que difunden propaganda sin descanso.
Las cifras que se cruzan son estimaciones nunca verificadas. Se llega a afirmar que
tres cuartas partes del foro está del lado ruso, que se toleran anuncios de reclutamiento de grupos armados y que se publican mensajes que piden destruir Occidente. Ninguna de esas acusaciones viene acompañada de una comprobación independiente, y todas se lanzan en el mismo tono bronco que domina la conversación.
¿Se puede identificar a quien escribe en una página web?
Se sostiene que sí, y esa es la parte que más inquieta. Según esa tesis, quien tenga acceso a la red puede entrar en un ordenador o un móvil cuando quiera y sin dejar rastro, y se recuerda que internet nació y se desarrolló dentro del aparato militar estadounidense. No es una afirmación verificable, objetan otros, pero la sospecha condiciona todo lo demás y alimenta la sensación de que cualquier desplante se paga. Alguno resta hierro con un argumento más prosaico: su país no está en guerra contra Rusia, así que le da exactamente igual que se sepa a quién apoya.
Sobre ese temor planean los avisos jurídicos. Se citan episodios en los que
publicar datos personales de terceros acabó en procedimientos judiciales y en sanciones económicas, frente a otros casos en los que cuestionar versiones oficiales no tuvo consecuencias legales. La conclusión que se extrae es incómoda: el problema no es lo que se opina, sino hasta dónde se identifica a alguien.
¿Por qué se cuelan contenidos extremos?
Para desprestigiar el conjunto, según la hipótesis más repetida. Los contenidos escatológicos, las imágenes macabras y los mensajes más sórdidos no serían espontáneos, sino una forma de reventar el espacio desde dentro: interesa que quien asome crea que allí solo hay un grupo de tarados. Esos envíos, además, entierran otros con información que sería imposible de encontrar en un medio convencional. Una idea que se repite: muchos llegaron buscando opinión no conducida y encontraron uno de los pocos sitios donde todavía la hay, con la polémica catalana como telón de fondo.
¿Por qué sigue abierto un espacio así?
Porque, según la explicación menos épica, no molesta a nadie. Solo entra un grupo reducido de aficionados y el sistema repara únicamente en quien empieza a llegar a mucha gente. Mientras la audiencia sea marginal, el riesgo de cierre es bajo. La propia evolución lo respalda: cada vez llega más público expulsado de otras plataformas donde la censura se ha endurecido, y ese crecimiento es a la vez su salvavidas y su mayor amenaza.
Con estos mimbres, la previsión de quien abrió el asunto es sombría y prudente al mismo tiempo. El día que estos espacios dejen de interesar como escaparate controlado, se forzará su cierre desde dentro, con contenidos que disparen la reacción automática de los filtros; o simplemente se dejarán morir por asfixia. Si llega ese momento, no habrá nadie en la calle protestando por ello.