Contribución de los ultramontanos en la Reconquista española

Contribución de los ultramontanos en la Reconquista española
RESUMEN DEL MENSAJE INICIAL · elaborado con IA

La contribución de los ultramontanos a la Reconquista fue real pero desigual, y mucho mayor entre 1095 y 1217 que en épocas posteriores. La primera manifestación cruzadista fue el llamamiento del papa Alejandro II en 1063, que un año después se tradujo en la toma de Barbastro.

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La contribución de los ultramontanos a la Reconquista fue real pero desigual, y mucho mayor entre 1095 y 1217 que en épocas posteriores. La primera manifestación cruzadista fue el llamamiento del papa Alejandro II en 1063, que un año después se tradujo en la toma de Barbastro.

La Reconquista no fue solo una empresa de los reinos peninsulares. Durante siglos, caballeros ultramontanos cruzaron los Pirineos para combatir a los musulmanes en Hispania. Su presencia fue a veces decisiva, a veces anecdótica, y casi siempre vista con recelo por la nobleza local. La primera manifestación de tintes cruzadistas la encontramos en 1063, cuando el papa Alejandro II ofreció indulgencias a quienes murieran combatiendo en suelo hispano. Un año después, aquel llamamiento se tradujo en la toma de Barbastro.

De la crónica albeldense al llamamiento de Clermont

Entre los años 881 y 883, un monje del monasterio de San Prudencio de Monte Laturce escribió en Oviedo un texto conocido como la Crónica Albeldense. En ella se lee que los sarracenos ocuparon España y se apoderaron del reino de los godos, y que con ellos los cristianos afrontan la batalla día y noche. Ese párrafo, perteneciente al Códice Vigilano, muestra que ya en el siglo IX existía una conciencia de lucha permanente contra el Islam en la Península.

El 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano II hizo un llamamiento a la Guerra Santa en Clermont, en la región de Auvernia. Pocos días antes se había celebrado un concilio en esa misma ciudad, cuyo segundo canon se dirigía a quienes emprendieran el camino de Jerusalén para liberar Tierra Santa. Aquel mensaje representa la primera expresión explícita de Cruzada. Cuando alguien gritó Deus lo vult en Clermont, Hispania ya era desde tiempo atrás un escenario privilegiado donde combatir al infiel.

Después del llamamiento de Clermont, la Reconquista española se convirtió en una guerra sacralizada, plenamente alumbrada de religiosidad. Pero el llamamiento papal de 1095 no supuso una novedad radical respecto a la concepción eclesial de la guerra imperante en las décadas anteriores. La reforma gregoriana, impulsada por el papa Gregorio VII (1020-1085), había preparado el terreno. Gregorio VII, un toscano antiguo monje cluniacense de nombre Hildebrando, reivindicaba en el Dictatus papae la autoridad absoluta y universal de Roma. La postura de la Santa Sede respecto a la guerra había evolucionado desde el pacifismo evangélico de los primeros cristianos hasta la santificación de la guerra en el siglo XI.

Gascones, normandos y la primera cruzada hispana

Las primeras noticias de ayuda ultramontana se remontan al siglo X, durante las más de cincuenta campañas que llevó a cabo Almanzor en el norte peninsular. La virulencia del caudillo musulmán generó en la sociedad ultrapirenaica la obligación de apoyar a una Cristiandad en peligro. Unos monjes gascones, según el cronista Raúl Glaber, atravesaron los Pirineos a finales del siglo X y empuñaron las armas dispuestos a luchar más por amor fraterno que por gloria mundana. El mismo cronista cuenta que, después de muertos, fueron considerados mártires santos.

Aquellos monjes vinieron con las tropas del conde de Gascuña, Guillermo Sancho, que habían acudido en ayuda de su cuñado, el rey de Pamplona Sancho Garcés II Abarca, después del 975. El mismo noble prestó ayuda en el año 994 al rey de León, Bermudo II (984-999), a instancias del rey de Pamplona. Los Anales del Reino de Navarra destacan que junto a los ejércitos gascones había también tropas provenzales y francesas.

A comienzos de los años veinte del siglo XI encontramos a un noble normando en el condado de Barcelona. Se llamaba Rogelio I de Tosny y estaba al servicio de Ermesinda de Carcasona, condesa regente de Barcelona (972-1058), viuda de Ramón Borrel II desde 1017. Para atraerlo, la condesa debió de ofrecerle parte del dinero de las parias. Durante su estancia, que se alargó diez años, el noble normando devastó y ocupó ciudades y castillos y participó en correrías contra los sarracenos, generando tal clima de terror que los musulmanes se vieron forzados al pago de cuantiosos tributos. Su marcha fue provocada por una humillante derrota infligida por los mahometanos.

Todo cambió en la primavera de 1064. Un nutrido ejército formado por nobles de Aquitania, Borgoña y Poitou, pero también de Vermandois, Champaña, del sur de Italia y Normandía, partió para unirse a las huestes hispanas. Posiblemente fue una reacción a la derrota y muerte del rey aragonés Ramiro I, acaecida el 8 de mayo de 1063 en la fracasada reconquista de la fortaleza de Graus. La muerte del primer rey aragonés produjo una fuerte conmoción en la Cristiandad allende los Pirineos y en Roma. Solo un año después se había organizado un ejército de caballeros europeos dispuesto al combate.

Barbastro, 1064: la primera cruzada antes de las cruzadas

En abril de 1064, las tropas ultramontanas saquearon la comarca de Huesca y en junio pusieron sus miras en la toma de la pequeña ciudad de Barbastro. La plaza fue elegida porque probablemente no estaba comprometida con ninguno de los bandos musulmanes enfrentados en ese momento. Barbastro gozaba de cierta importancia estratégica al estar situada en el camino que llevaba a Lérida. Partió un grupo de unos 10.000 caballeros cristianos hacia el territorio de los musulmanes.

Los cristianos tomaron la ciudad y la alcazaba en el mes de julio. La acción no fue un ejemplo de violencia piadosa. Se produjo una matanza de la que se hicieron eco sobre todo las fuentes musulmanas, alguna de las cuales da cuenta del enorme número de combatientes cristianos que entraron en Barbastro, de los más de 40.000 combatientes musulmanes muertos entre jinetes y peones, y del pillaje al que se entregaron, que incluía mujeres y niños posteriormente vendidos como esclavos. Un cronista contemporáneo, el monje Amato de Montecassino, reprochaba a los soldados de Cristo que tomaron Barbastro la conducta que habían tenido y les anunciaba que caería sobre ellos el justo juicio de Dios.

Tan solo nueve meses después los musulmanes volvieron a ocupar la ciudad, masacrando a la guarnición, incluido su tenente Armengol III de Urgel. Sin embargo, 1064 quedaría para siempre en la memoria de los combatientes cristianos de allende los Pirineos. Calles de Reims y Poitiers fueron bautizadas con el nombre de la ciudad aragonesa, que aún hoy conservan, y un cantar de gesta del siglo XIII, Le Siège de Barbastre, evocó aquella epopeya.

La toma de Barbastro ha sido objeto de debate por la historiografía medieval a propósito de la mayor o menor presencia militar franca en la Península. Una carta que el papa Alejandro II (muerto en 1073) había enviado al clerus Vulturnensis a finales de 1063 ofrecía indulgencias a los que murieran en combate en Hispania: penitentian eis levamus et remissionem peccatorum facimus. Algunas opiniones mantienen que la expedición fue promovida por Alejandro II después del desastre de Graus. La convocatoria se enmarcaría en los postulados del reformismo gregoriano, que habían provocado un giro decisivo en la lucha contra el Islam.

Sí conocemos el nombre de la mayoría de los nobles que cruzaron los Pirineos. A su cabeza se encontraba el duque Guillermo VIII de Aquitania (1023/1025-1086), conde además de Poitiers. Junto a él, el vizconde poitevino Aimerico de Thouars, el borgoñés Teobaldo de Semur, conde de Chalon, Hilduíno III de Ramerupt, Godofredo de Anjou y los normandos Roberto Crispín y Walter Giffard, señor de Longueville, más conocido por el significativo nombre de Giffard de Barbastro.

El papado, los reinos hispánicos y el control de la guerra santa

Aun así, los reinos aceptaron, siempre por debilidades internas de sus monarcas, el protagonismo papal que ansiaba el regreso de Hispania a la jurisdicción romana. Un ejemplo lo constituye la frustrada expedición de 1073, diseñada entre los últimos días de Alejandro II y los primeros de pontificado de Gregorio VII. Al frente se encontraba el conde Eblo II de Roucy, gran aliado de Roma. La historia había comenzado cinco años antes, en 1068, cuando el rey Sancho Ramírez peregrinó a la Santa Sede buscando un acuerdo con Alejandro II para romper el aislamiento político al que le tenían sometido los monarcas de Navarra y Castilla y los condes de Barcelona.

El respaldo papal conllevaba contrapartidas importantes. El rey se reconocía vasallo del Papa, aceptaba la superioridad directa de Roma sobre los obispados aragoneses, admitía el rito romano en los cenobios del reino y se declaraba Miles Sancti Petri. Era una puerta abierta a la intervención militar romana en el reino. La expedición de 1073 se preparó con el argumento de que el regnum Hyspanie era propiedad de la Sede Apostólica. El Papa hacía un llamamiento a la participación de cualesquier milites que reconocieran su sometimiento a la sede de San Pedro y revelaba un pacto con el conde de Roucy por el que éste poseería las tierras que consiguiera conquistar a los musulmanes. Probablemente ésa fue la razón de que no se llevara a cabo la expedición.

El más consciente de todos los monarcas hispánicos sobre la especificidad de los reinos peninsulares fue Alfonso VI de León, proclamado emperador en 1078. Es probable que con su proclamación como Imperator totius Hispaniae, el rey diera respuesta a una carta de Gregorio VII de un año antes, en la que el papa reformista reclamaba todo el poder sobre las tierras de Hispania. Alfonso VI nunca aceptaría la sumisión al Papa como había hecho Sancho Ramírez. Frente a la Romanidad, la Cristiandad: no ser soldado de Roma, solo de Cristo.

A través de este acuerdo pudo llegar a Castilla la nobleza cluniacense y participar en los proyectos reconquistadores del emperador, sobre todo en la defensa del reino frente al avance almorávide. Ésa podría ser la explicación de la presencia de muchos francos de la parte de los Alpes en la batalla de Sagrajas en 1086, como consecuencia del llamamiento que hizo Alfonso VI para la defensa del reino frente a la invasión almorávide. Llama la atención que, con la excepción del Chronicon Lusitanum, la presencia de tropas francas sea glosada solamente por crónicas foráneas como la Crónica Anglo-Sajona, la Historia Anglorum de Enrique de Huntingdon y los Anales de Waverley.

Es posible que estas mismas tropas estuvieran en 1087 en el infructuoso asedio de Tudela, dirigidas, entre otros nobles franceses, por Eudes I (c. 1058-c. 1103), duque de Borgoña, cuñado de Alfonso VI. Probablemente también por Raimundo de Saint-Gilles (Raimundo IV), conde de Tolosa y marqués de Provenza (c. 1042-1105), casado con Elvira, hija del rey Alfonso VI. Junto a todos ellos, Alfonso VI de Castilla y Sancho Ramírez de Aragón. Unos y otros, cansados y frustrados, levantaron el asedio y abandonaron las cercanías de Tudela en la primavera del año siguiente. Ya no volverían hasta después del llamamiento de la Primera Cruzada en 1095.

El declive de la aportación ultramontana y la imagen del cruzado

Desde el siglo XIII, el pontificado consideró que el asunto competía a los reyes y habitantes de la Hispania cristiana, aunque fusionando la idea de Reconquista en la de Cruzada. Ya no estimuló la llegada de combatientes ultramontanos. La presencia de éstos, sin embargo, tuvo impacto efectivo en muchas ocasiones desde los últimos años del siglo XI. Unas veces procedían directamente de tierras próximas, al norte de los Pirineos, como sucedió durante la conquista del valle medio del Ebro. Otras fueron los interesados apoyos de las repúblicas marítimas italianas de Pisa y Génova, por ejemplo en el primer intento de conquista de las Baleares en 1114 o en la toma de Almería en 1147.

El paso de grandes expediciones de cruzados ingleses, alemanes y flamencos hacia Tierra Santa benefició especialmente al nuevo reino de Portugal porque su ayuda facilitó las conquistas de Lisboa (1147), Silves (1188) y Alcácer do Sal (1217), pero también al condado de Barcelona, por su intervención en la toma de Tortosa (1148). El único momento en que la aportación ultramontana alcanzó cierto peso fue durante la campaña de Las Navas de Tolosa, en 1212, aunque la mayoría de los ultrapirenaicos se retiró en las semanas previas a la batalla.

Una vez terminadas las grandes conquistas, a mediados del siglo XIII, la venida de cruzados europeos se hizo mucho más rara. La frontera de Granada fue siempre un lugar adecuado para que guerreros de otros países vinieran per fer caballerías, a veces como parte de una formación que incluía ya una especie de grand tour o viaje al extranjero y el probar armas contra los infieles en alguna frontera, ya fuera la granadina, ya la prusiana. Hubo pequeños grupos de combatientes en campañas principales: Teba (1330), Algeciras (1342), Antequera (1407-1410) y, por supuesto, en la guerra de conquista que culminó en 1492. Carecieron de importancia desde el punto de vista militar, aunque se les diera cierto relieve en las crónicas de la época por motivos de propaganda político-religiosa.

La imagen de los cruzados que ofrecen las crónicas hispánicas pocas veces es positiva porque resalta en ellas su condición de otros, ajenos a las realidades sociales y a las formas de relación con los musulmanes propias del país. Rapaces a menudo, incapaces de entender y respetar pactos y costumbres propias de la guerra y la tregua, indisciplinados a veces, soberbios e ignorantes otras porque no eran sabedores de la guerra de los moros. Eso dio lugar a catástrofes como la del escocés sir James Douglas en 1330, que murió con todos los suyos al caer en la clásica trampa del tornafuye tendida por los granadinos. En suma, gientes que non entendíamos, como escribe un analista toledano del siglo XIII. Demasiado negativo, pero tal vez la única cuestión que no cambió fue su incapacidad de entender lo que realmente sucedía en la Península, de comprender los argumentos y los deseos de los que aquí habitaban y de conocer la diferencia entre vivir en la retaguardia y vivir en la frontera.

Datos clave
  • El papa Alejandro II ofreció indulgencias en 1063 a quienes murieran combatiendo en Hispania mediante una carta al clerus Vulturnensis.
  • Unos 10.000 caballeros cristianos participaron en la toma de Barbastro en julio de 1064, que fue recuperada por los musulmanes nueve meses después.
  • La contribución ultramontana fue mucho mayor entre 1095 y 1217, etapa comprendida entre la Primera y la Quinta Cruzada.
  • El rey Sancho Ramírez se declaró vasallo del Papa en 1068 y aceptó el rito romano en los cenobios de su reino.
  • El escocés sir James Douglas murió en 1330 con todos los suyos al caer en la trampa del tornafuye tendida por los granadinos.
Resumen generado con inteligencia artificial a partir del primer mensaje del tema.

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