No soy X, pero: el género de la confesión con salvedad
Un mensaje pide contradicciones y pone el ejemplo: a alguien que no es lo que la frase sugiere le gusta
El diablo viste de Prada. La cascada de respuestas tarda poco y casi ninguna habla de cine. De lo que se habla es del precio de admitir en voz alta un gusto que el guion del hombre corriente no contempla, y de la fórmula elegida para hacerlo:
«no soy X, pero», la manera más antigua del idioma de pedir permiso antes de tener el gusto.
El adjetivo original no se repite aquí. Está en el arranque, funciona como medida de sospecha y los demás lo aceptan como regla del juego. A partir de ahí, la confesión se convierte en un género con su catálogo, su jerarquía y sus trampas.
El diablo viste de Prada: de manual de gestión a propaganda
La primera reacción no discute el gusto, lo reubica. La primera entrega «se debería enseñar en todas las escuelas de negocios», y no en un seminario optativo:
primer curso. Es media broma y media tesis. La película aguanta esa lectura porque retrata un oficio de jerarquía feroz, teléfonos que suenan a deshoras y una jefa que no pide, ordena.
La otra corriente lee lo mismo en clave opuesta. Para una parte del público es
propaganda laboral, una apología del esfuerzo que acaba gustando a quien presume de aguantar el remo y de complacer al patrón. Ahí está el detalle que convierte la broma en algo más: la misma película sirve de manual para el que quiere medrar y de denuncia para el que no quiere. La secuela queda pendiente de una condición muy doméstica: verla si hay día del espectador.
De Gershwin a OBK: el catálogo de los gustos culpables
El repertorio que aparece después resulta más revelador que cualquier etiqueta. Alguien confiesa musicales «desde Gershwin hasta lo más moderno como Pasek y Paul», con Sondheim, Webber, Menken y Schwarz de por medio:
cuatro nombres de Broadway en una sola frase. Otro sentencia, sin despeinarse, que
OBK es el mejor grupo español de los 90. Un tercero se acusa de haber leído
Orgullo y prejuicio y matiza de inmediato: solo una vez. Las
Cumbres borrascosas, en cambio, se han leído varias veces, que es reincidencia.
Entre medias asoman
Amelie, Village People, Queen, Mylène Farmer y hasta
Top Gun, defendida como simple entretenimiento. Ninguno de esos nombres informa de la vida privada de quien los cita. Todos informan de lo mismo: de dónde está hoy la frontera entre lo que un hombre de clase media dice que ve y lo que ve de verdad. Una anécdota lateral lo resume: hay quien se leyó un superventas juvenil con la excusa de tener conversación.
De la confesión propia a la exigencia de confesión ajena
El tono sube en cuanto alguien pide cuentas. La petición inicial, formulada como juego, pasa a ser una exigencia en mayúsculas de que los demás se retraten. Y entonces aparece la trampa lógica que cierra el círculo:
todos los que han escrito quedan incluidos por el simple hecho de escribir, incluido el que lo señala. No hay salida limpia.
Frente a eso, la respuesta más elegante es la de quien hace «un serio ejercicio de introspección» y no encuentra contradicciones reseñables. Otros se consuelan con que las suyas no son tan divertidas como las del vecino. La confesión colectiva acaba siendo un mecanismo de doble filo: alivia al que la hace y compromete al que la escucha. Alguien zanja el asunto con un criterio de toda la vida: quien no ha llorado leyendo un libro tiene, a su juicio, todo en su sitio.
Con este material, cualquier conversación sobre gustos debería ser más relajada de lo que fue. No lo es. ¿Cuántos de los que no confiesan nada lo hacen por no tener contradicciones o por no dar munición?