Pepitos: la generación que se hipotecó sin red
A finales de 2005, una pareja de Madrid compró un ático dúplex a 40 km de la capital por 360.000 euros. Dos años después, con el euríbor al alza, tenían cuatro trabajos entre los dos, no se veían y su relación se resquebrajaba. No eran un caso aislado: eran «pepitos», el término acuñado para describir a quienes firmaron hipotecas imposibles con sueldos mileuristas, confiando en que el dinero público nunca subiría.
El perfil se repite: parejas jóvenes, sin ahorros, comprando pisos de 250.000 euros con ingresos combinados de 1.500 euros, o áticos de 300.000 euros con sueldos de 1.000 euros. La calculadora no daba, pero la presión social y la creencia de que el ladrillo siempre subía empujaron a toda una generación al sobreendeudamiento.
El Euríbor como verdugo
Quienes firmaban hipotecas variables a 30 años daban por hecho que los tipos se mantendrían bajos para siempre. No leyeron la cláusula «variable». Cuando el euríbor empezó a escalar, las letras mensuales se dispararon. Un cálculo recogido en la época situaba una hipoteca de 300.000 euros a 40 años en 1.074 euros al mes con tipos al 3%, y en 3.513 euros si subían al 14%. Nadie tenía un plan para ese escenario, pese a que tipos del 18% se habían visto en España trece años antes.
Las consecuencias más allá de las cuentas
Los casos recogidos muestran un patrón de roturas: parejas que ya no se aguantan pero deben seguir pagando la hipoteca, familiares que avalaron y se ven arrastrados, divorcios rápidos, y un goteo de pisos puestos a la venta en pérdidas. En ciudades como Bilbao, Asturias o Madrid, el sueño de la casa propia se convirtió en una losa de la que no se podía escapar ni vendiendo.
La única certeza era que el margen de error era cero. Nadie sabía si la corrección de precios sería suave o abrupta, pero los números no engañaban: miles de familias habían firmado su condena financiera creyendo que la fiesta no acabaría nunca.
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