Raguk
Пазузу мій володар
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Lo daba todo. Acabé metiendome…
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La dedicación extrema al trabajo, incluso con control constante, puede derivar en adicciones y aislamiento, pero la flexibilidad laboral ha abierto una puerta a la recuperación personal.
Hubo un tiempo en que la vida giraba en torno a una única actividad: remar. No se trataba de un deporte de ocio, sino de una exigencia laboral constante. El sueldo, al principio una miseria y hoy en día tampoco para tirar cohetes, no compensaba el esfuerzo. Eran trabajos físicos, donde el control era permanente y la inactividad, incluso cuando no había tareas pendientes, se castigaba con más carga. La sensación era de estar siempre remando, sin tregua. Incluso en una oficina, donde se sabía que las tareas podían hacerse a distancia, la presencialidad era obligatoria, perpetuando esa sensación de esfuerzo continuo.
Esta dedicación casi exclusiva al trabajo empezó a tener consecuencias. Sin apenas tiempo para hobbies o vida social, la rutina se volvía asfixiante. Las tareas cotidianas, como hacer la declaración de la renta, comprar algo online o incluso decidir qué cenar, se acumulaban en las escasas horas libres. Esta falta de desconexión se convirtió en un caldo de cultivo para el abuso de sustancias. El alcohol y otras drogas se convirtieron en una forma de sobrellevar el ritmo agotador y la falta de espacio personal. Las vacaciones, lejos de ser un respiro, a menudo se vivían en un estado de malestar, sin ganas de viajar ni de hacer nada.
La presión por rendir al máximo y la falta de tiempo personal provocaron que algunas personas empezaran a utilizar bajas laborales para realizar esas tareas tediosas que no querían abordar en su tiempo libre. La excusa de tener que atender llamadas de la guardería, para quienes tenían hijos, servía a menudo para escabullirse del trabajo y realizar gestiones privadas. Quienes no tenían esa justificación, como el protagonista de esta historia, sentían que debían seguir remando sin parar, asumiendo que no tendrían esos "privilegios". Tras cada baja, tocaba dar explicaciones, mientras otros parecían tener más margen para la distracción.
La llegada del teletrabajo supuso un cambio, aunque no exento de sus propios matices. A pesar de los sistemas de control, como la necesidad de mover el ratón para no aparecer ausente en Windows Teams, se abrieron nuevas posibilidades. Las llamadas privadas y las gestiones personales empezaron a realizarse durante la jornada laboral, e incluso la pausa para comer se aprovechaba para tareas domésticas como cocinar. La flexibilidad ganada permitió recuperar parte de la vida personal que se había perdido.
Tras el periodo de teletrabajo, la energía para realizar actividades fuera del ámbito laboral comenzó a surgir. Las ganas de ir al gimnasio o de quedar con amigos se hicieron presentes. La necesidad de recurrir a sustancias para aguantar el ritmo se redujo drásticamente, limitándose a un consumo de cafeína, ya sea en forma de café o pastillas. La urgencia por beber alcohol o consumir otras drogas para sobrellevar la jornada desapareció.
Esta nueva dinámica ha permitido recuperar la capacidad de disfrutar de la vida. Incluso se ha tenido energía para realizar viajes cortos pero intensos, algo impensable en la etapa de dedicación exclusiva al trabajo. La carga laboral, que antes era abrumadora, ahora se percibe en muchos casos como una simulación, una farsa. Los días de trabajo presencial en la oficina, especialmente cuando se está acostumbrado al teletrabajo, se sienten como una tortura. La recuperación personal ha sido posible al encontrar un equilibrio entre la vida laboral y la personal.
Lo daba todo. Acabé metiendome…