Cuatro tránsfugas y el mapa del Congreso
¿Cuántos diputados harían falta para que el PSOE deje de sostener el Gobierno? La aritmética que circula en el debate es tan simple como incómoda:
cuatro. Con ese número, la investidura de Alberto Núñez Feijóo pasaría de imposible a probable, y Pedro Sánchez dejaría de tener los votos necesarios para seguir en La Moncloa. El problema no es la cuenta, es todo lo demás.
El planteamiento original del hilo es un grito de guerra: que gobierne la derecha y que se marchen «a la mierda» los partidos que sostienen al Ejecutivo. A partir de ahí, la conversación se parte en dos. Unos celebran la jugada como una salida limpia. Otros, la mayoría, la desmontan con un argumento que no necesita muchos adornos:
cuatro tránsfugas no cambian un Gobierno, cambian una votación.
Qué pasa el día después de la investidura
La objeción más repetida es de pura mecánica parlamentaria. Supongamos que cuatro diputados del PSOE rompen la disciplina de voto y permiten que Feijóo sea investido. Bien. Y al día siguiente, ¿qué? Cada ley que el nuevo Gobierno quiera sacar adelante volverá a necesitar esos cuatro votos, u otros cuatro. La pregunta que sobrevuela el hilo es si esos diputados se irían al Grupo Mixto, si el PSOE los sustituiría por otros, o si el propio Sánchez recurriría al Tribunal Constitucional o a Estrasburgo para intentar revertir la situación. Nadie lo sabe. Y ese vacío es, precisamente, el agujero de la tesis inicial.
Hay quien va más allá y sostiene que la disciplina de voto en el PSOE es hoy más férrea que nunca. La selección previa de candidatos, se argumenta, hace casi imposible que alguien se salga del guion. «Las listas electorales de cualquier partido están filtradísimas para tratar de prevenir esta clase de eventualidades», resume un mensaje destacado. La conclusión implícita: el tránsfuga existe en la teoría, no en la práctica.
El transfuguismo como traición, no como heroísmo
Frente a la lectura épica —cuatro valientes que salvan España— aparece otra mucho menos amable. Un diputado del PSOE por Madrid fue votado por madrileños para defender los intereses de Madrid. Si vota a favor de privilegiar a Cataluña con cientos de miles de millones, amnistías o autodeterminación, ¿está traicionando a sus votantes o cumpliendo con su conciencia? La Constitución, se recuerda en el debate, prohíbe el mandato imperativo: el diputado representa al conjunto de la nación, no a su jefe de partido. Ese detalle jurídico convierte el transfuguismo en un arma de doble filo.
La discusión deriva entonces hacia el precio. ¿Qué haría falta para que cuatro diputados rompieran la disciplina? La respuesta más cínica del hilo:
hacerlos millonarios. Solo así, sostiene un mensaje, cabría esperar que alguien rompiese la disciplina de voto. La compra de voluntades, se añade, no sería una novedad: forma parte de la historia política española, se dice, con la misma naturalidad con la que se habla de una amnistía.
El cálculo que no cuadra: 800.000 votos menos
Aquí el debate abandona la hipótesis y entra en los números. La suma de votos de la derecha en 2011, encabezada por Mariano Rajoy, fue de
12.009.791. La de 2023, con Feijóo al frente, se quedó en
11.177.348. Son casi 800.000 votos menos. En paralelo, Sánchez habría sumado un millón de votos respecto a 2019. La conclusión que extrae una parte del hilo es incómoda para el PP: el problema no es el sistema, es el candidato.
La respuesta desde el otro lado es que un millón de votantes de derechas votaron contra Feijóo, y que esos votos valen doble: uno menos para el PP y uno más para el PSOE. La aritmética se convierte así en un campo de batalla. Y en medio, la sospecha de que el PNV —cinco diputados, se recuerda— pueda estar negociando en silencio con el Gobierno sin que trascienda. «Mucho silencio están teniendo esos acerca de los contactos aquellos», apunta un mensaje destacado. El martes, se añade, se verá.
El PP tampoco se libra
La crítica no se queda solo en el PSOE. Varios mensajes cargan contra el propio Feijóo: por repartir ministerios antes de las elecciones, por no acudir a los debates televisados y por buscar tránsfugas después de haber perdido. La comparación con Rajoy es recurrente. Y la petición de un recambio —Isabel Díaz Ayuso suena en el hilo— aparece como una corriente de fondo que no termina de concretarse.
La sensación dominante, en cualquier caso, es que el PP y el PSOE son «lo mismo» en lo esencial. Un mensaje lo resume con un ejemplo concreto: el PP tiene mayoría en el Senado para quitar los pinganillos y no lo hace. Si no hay diferencia en lo pequeño, se argumenta, tampoco la habrá en lo grande. La abstención, el voto nulo o el «que se repitan elecciones» aparecen como salidas repetidas a lo largo de la conversación.
La pregunta que nadie responde
¿Y si al final no hay investidura y se repiten elecciones? La respuesta más repetida es que ganaría otra vez el PSOE. O que ganaría el PP, da igual: «PPSOE va a ganar, quieras o no». La sensación de bucle es tan fuerte que algunos mensajes derivan hacia escenarios mucho más extremos, desde la intervención armada hasta la partición del territorio en dos Españas. Son la excepción, pero marcan el tono de fondo: la desconfianza en que el sistema produzca un resultado distinto.
Con cuatro tránsfugas, el Gobierno cambia. Sin ellos, no. Y con ellos, tampoco está claro que aguante. La única certeza que deja el debate es que nadie ha encontrado todavía la forma de que la aritmética y la política cuadren a la vez.