Jesús de Miguel: el choque mortal y la sanción de ocho partidos de la que se habla
Ocho partidos. Esa es la cifra que se ha difundido sobre el choque que se llevó por delante la vida de un delantero de 30 años.
Jesús de Miguel, punta del CD Tenerife, falleció el martes tras el encontronazo con el portero del FC Andorra,
Jesús Owono. Deja una hija de año y medio y una carrera que prometía. El vídeo de la jugada circula por todas partes; la explicación de lo ocurrido, no.
¿Cómo puede un choque en el fútbol provocar un fallecimiento?
Con velocidad, con masa y con el punto exacto del impacto, según se describe en el debate. Un portero que sale de su área y aparece en el centro del campo lanzado, un delantero que llega al duelo en carrera. En el debate se apunta que no hace falta una violencia extrema para producir un daño irreversible: «A veces no hace falta un gran golpe, si no dar en el lugar exacto».
Sobre el mecanismo concreto no hay dos versiones iguales. Se discute si el daño lo causó el impacto del guardameta o la caída posterior contra el césped; en televisión llegó a sostenerse que lo determinante fue la caída y no el golpe. Ninguna de esas explicaciones va acompañada de un informe médico hecho público, así que aquí no se cierra nada. En un choque cuerpo a cuerpo a esa velocidad, el margen entre un susto y una tragedia se mide en centímetros.
¿Hubo mala fe en la salida del portero?
No hay ningún elemento probado que permita afirmarlo. Una parte del análisis califica la acción de temeraria: un portero no tiene por qué plantarse en el centro del campo a esa velocidad. La otra responde que el fútbol es un deporte de contacto, que la intención era cortar la jugada y que confundir el resultado con la intención es un atajo cómodo. Sin resolución disciplinaria motivada ni informe forense, hablar de alevosía es especular con la desgracia ajena.
Y luego está la parte más fea de la conversación pública. Una porción del comentario derivó hacia generalizaciones sobre el origen del portero, atribuyéndole una supuesta propensión innata a la violencia.
Ningún dato sostiene eso: es prejuicio con forma de argumento, y conviene decirlo sin rodeos porque no ayuda a nadie a entender qué pasó en esa jugada.
La sanción de ocho partidos y la comparación con Diego Costa
El castigo disciplinario del que se habla es de
8 partidos, según un tuit difundido. Y viene con una comparación que ha encendido el asunto: según esa misma versión, esos ocho encuentros son los que se le impusieron a Diego Costa por insultar a un árbitro. Que el insulto y la muerte de un jugador compartan casilla en el baremo es lo que deja mal cuerpo y lo que ha multiplicado las voces que piden que el caso salga del ámbito federativo y acabe ante un juez.
Ahí está el nudo. El régimen disciplinario deportivo está diseñado para ordenar competiciones, no para depurar responsabilidades por un fallecimiento, y quien exige cárcel está pidiendo algo que ese sistema no puede dar. La proporcionalidad entre un insulto y un resultado irreversible no la arregla un comité. Hay quien reclama penas ejemplares para que el deporte no se convierta en esto; no consta actuación judicial alguna confirmada.
El jugador que se quedó en Tenerife
Tenía 30 años y se labró la carrera en las categorías inferiores del fútbol español a base de goles. Era
fanático del Real Madrid y decidió quedarse en Tenerife, una decisión que dice más de él que cualquier estadística. La noticia deja una cifra redonda y cruel: una niña de año y medio que no volverá a ver a su padre jugar.
¿Cuántos partidos valen una vida? La pregunta no la responde ningún comité, y mientras no exista un informe técnico que explique el mecanismo del daño, cada respuesta será una opinión con prisa.