El coste de oportunidad de no ser guapo ni rico: mentir, pagar o emigrar
El debate sobre cómo enfrentarse al mercado del amor cuando no se parte con los atributos convencionales –belleza, dinero o una orientación sexual que facilite el juego– ha dado lugar a un catálogo de estrategias que van desde la mentira hasta la compra de servicios. En el fondo, todas tienen un componente económico: el coste de no cumplir los estándares.
La propuesta más conocida, resumida en las siglas MFH (Mentir, Follar, Huir), plantea un esquema de tres pasos donde la fase crítica es la primera: la mentira como inversión inicial para acceder a una cita. Quienes la defienden sostienen que, sin un aspecto atractivo o una cuenta bancaria abultada, el engaño es la única forma de nivelar el campo de juego. El problema, señalan otros análisis, es que el coste de mantener la ficción puede superar al de una cena o un viaje: cuando la verdad sale a la luz, la reputación queda dañada y el coste de oportunidad a largo plazo se dispara.
Pagar por compañía: un coste fijo asumible
Una alternativa directa es la compra de servicios sexuales o de compañía. En este caso, el desembolso es explícito y no hay engaño: se paga un precio de mercado por un servicio. Algunos argumentan que el coste es inferior al de varias citas fallidas o al de mantener una relación basada en falsedades. Sin embargo, el estigma social y los riesgos legales siguen siendo un factor disuasorio.
Emigrar como estrategia económica
Otra vía es el arbitraje geográfico: desplazarse a un país donde el poder adquisitivo del europeo medio marca diferencias. Destinos como Cuba aparecen en el debate como lugares donde un sueldo modesto en euros permite un nivel de vida alto y, con ello, una posición ventajosa en el mercado romántico local. La jugada tiene lógica económica: el coste de la vida es menor, y el valor relativo del dinero, mayor. Pero conlleva dejar atrás el entorno social y laboral.
En conjunto, lo que revela este repertorio es que cuando los atributos personales no bastan, se recurre a tres factores de producción: capital (pagar), información (mentir) o movilidad (emigrar). La honestidad, en cambio, sale cara. El debate no resuelve qué estrategia es más eficiente; apenas constata que ninguna está exenta de costes.