Cómo identificar a un traidor antiespañol: la guía que divide España
La noción de “traidor antiespañol” se ha convertido en un instrumento político utilizado por todos los bandos. La acusación no sigue un patrón fijo: para unos, es el que abraza el liberalismo, la masonería o incluso el régimen de Putin; para otros, el que se refugia en un nacionalismo rancio y desprecia las instituciones europeas. En el centro, una tesis económica sugiere que España no puede ser un país completamente patriota debido a su dependencia de la deuda externa. Esto hace que la “traición” sea, en cierto modo, una condición inevitable.
Las listas de sospechosos
Cada corriente elabora su propio catálogo. Entre los rasgos señalados destacan el acomplejado que se aferra a supremacismos ajenos, el europeísta despreciable carente de dignidad, el separatista que sueña con un imperio imaginario y el cómplice de los enemigos declarados de España. Pero la acusación se invierte con rapidez: los señalados apuntan a los que apoyan sistemas extranjeros, ya sean liberales, rojos o conservadores. La lista se amplía de manera infinita, y nadie se libra de la etiqueta.
El factor económico y el caso Trujillo
Hay, sin embargo, un argumento que escapa a la trinchera: España vive financiada por el capital extranjero y atada por una deuda que condiciona cualquier política soberana. En ese contexto, dirigir el país con una honradez patriótica absoluta conduciría a la ruina económica, por lo que siempre será necesario un cierto nivel de traición. Casos como el de la exministra socialista María Antonia Trujillo, a quien se atribuye la idea de que Ceuta, Melilla y el Sáhara deberían ser marroquíes, alimentan las acusaciones desde diversos sectores. Lejos de clarificar, estos episodios muestran que el concepto de “traidor” es un comodín que se ajusta a la conveniencia del acusador.