El comunismo no resucitó: mutó de nombre y conquistó Occidente
En 1990 cayó el Muro de Berlín y con él, sobre el papel, la cepa comunista nacida en 1917. Treinta y cinco años después, la pregunta que articula buena parte del descontento occidental no es cómo sobrevivió el
comunismo, sino por qué sus objetivos —la propiedad colectiva, la supresión de la familia nuclear, el control de la producción— parecen hoy cumplirse por otras vías. La tesis que recorre el asunto tiene un nombre: la cepa de 1968. Aquella generación universitaria que no cayó con el bloque soviético se habría infiltrado en las estructuras del Estado, los medios y las empresas hasta copar los puestos de decisión. No es una revolución: es una sucesión.
De la cepa de 1917 a la cepa de 1968
El diagnóstico más repetido distingue dos comunismos. El primero, el de 1917, se derrotó militar y económicamente. El segundo, el de 1968, no necesitó ejércitos: le bastó con la pedagogía, la cultura y la burocracia. Quien sostiene esta lectura señala que la victoria no fue militar sino generacional, y que hoy ocupa ministerios, direcciones generales, cátedras y consejos de administración.
La evidencia que se esgrime es la coincidencia entre las demandas de los movimientos estudiantiles de finales de los sesenta y las políticas públicas actuales. Lo que entonces era consigna universitaria —despatriarcalización, descarbonización, descolonización— hoy figura en documentos oficiales. Hay quien lo llama progreso y quien lo llama continuidad por otros medios.
El ejemplo más citado es Alemania. La industria automovilística alemana, motor histórico de su economía, afronta restricciones crecientes a la movilidad privada mientras su sector del motor se contrae. Para unos es transición energética; para otros, el autosabotaje más espectacular de la historia industrial europea. La cifra que se repite: un país que prohibió de facto el coche que él mismo inventó.
¿Por qué el capitalismo y el comunismo no serían bandos opuestos?
Aquí el asunto se vuelve incómodo para casi todos. Una corriente del análisis sostiene que capitalismo y comunismo no son enemigos, sino las dos caras de una misma moneda: ambos serían proyectos de ingeniería social que aspiran a gestionar la vida humana desde arriba. La diferencia sería el método, no la finalidad.
Esta lectura conecta con una sospecha más antigua: que la Guerra Fría fue un teatro con dos actores que se necesitaban. El muro, según esta versión, no se construyó para impedir la entrada, sino la salida. Y cuando cayó, no cayó el comunismo: cayó la barrera que impedía a los ciudadanos escapar del socialismo real. Ahora ya no hace falta muro, porque el socialismo se llama socialdemocracia y se vota cada cuatro años.
El argumento tiene una pata económica: la Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Se señala que su arquitectura —bien común, justicia social, redistribución— es idéntica a la doctrina social de la Iglesia católica, formulada en la encíclica Rerum Novarum de León XIII. Es decir, el marco ideológico no vendría de Moscú, sino de Roma. Y de ahí habría pasado a la ONU sin escalas.
La envidia como motor económico
Menos metafísico y más terrenal: hay quien reduce el fenómeno a un vicio humano. La envidia, el resentimiento y la pereza no conocen fronteras temporales. El comunismo cala donde hay sociedades arrasadas intelectualmente y un charlatán que prometa lo que no se ha ganado.
La formulación clásica es la de los siete pecados capitales: la Iglesia ya identificó hace catorce siglos las tendencias humanas a las que había que poner coto. El comunismo sería una más: la tentación de vivir por encima de lo que te correspondería si tuvieras que intercambiar libremente tus talentos. No hace falta adoctrinar a nadie. Basta con no aleccionar.
El corolario es amargo: el comunismo solo cala donde la sociedad está rota por dentro. España y buena parte de Latinoamérica reunirían los ingredientes. El resultado empírico, dicen, es conocido de sobra. Y lo votado se paga, factura doble.
¿Quién paga los impuestos y quién los recibe?
En el terreno fiscal, el asunto se enreda. Un contribuyente de renta alta no consume más servicios públicos que uno de renta baja: no desgasta más la calle ni ocupa más camas hospitalarias. ¿Por qué debe aportar más a su mantenimiento? La respuesta habitual apela a la capacidad económica, no al uso.
El contraargumento señala que el impuesto sobre la renta no mide huella ecológica ni consumo de recursos: una renta de mil euros paga el mismo tipo provenga de un trabajador expuesto al amianto o de un cultivador de petunias. Y que la contaminación no la genera el asalariado, sino la fábrica que vende camisas a medio mundo.
La disputa de fondo no es técnica, sino filosófica: si los derechos son individuales o colectivos. Quien defiende lo primero sostiene que solo teniendo en cuenta a todos y cada uno se tiene en cuenta a todo el mundo. Quien defiende lo segundo acepta que los derechos de un grupo sean sacrificables en favor de otro. La discusión no se cierra.
La victoria por agotamiento del adversario
Hay una tesis final, casi darwiniana: no ganaron por superioridad moral, sino por resistencia. Setenta años de infiltración en todas las estructuras occidentales, sin bajar la guardia, sin decencia, sin vergüenza. El arte de la guerra de Sun Tzu empieza diciendo que la guerra se basa en el engaño. Ellos serían los reyes del engaño.
La gente honrada se cansa. Y acaba aceptando lo que le meten porque no tiene energía para discutirlo cada mañana. No es una conquista: es un abandono del campo de batalla por agotamiento.
El dato que descoloca es este: la industria china, el gran argumento de los defensores del modelo, no la construyeron los planificadores socialistas. La construyeron los empresarios occidentales que deslocalizaron su producción. El comunismo triunfante vive, en realidad, de la fábrica capitalista que le dio de comer. Nadie sabe qué pasa cuando esa fábrica se apague.