Su HP hace que imprime, pero no imprime: la avería que nadie repara
Una impresora HP Deskjet D5560 deja de imprimir de un día para otro. El cartucho es nuevo. El aparato hace el ruido, mueve el carro, parece que trabaja. Pero no sale ni una letra. La tienda responde con la frase de siempre: sale más caro el collar que el galgo. Y el usuario se queda con un cartucho original recién comprado, una máquina impecable por fuera y la sospecha de que le han vendido obsolescencia programada en cómodos plazos.
El caso, contado en un foro de consumo responsable, resume una guerra que millones de hogares han librado en silencio contra su impresora de inyección. La pregunta de fondo no es ya cómo arreglar una HP concreta, sino si merece la pena intentarlo. Porque la respuesta técnica existe —y es fea—, y la respuesta económica es todavía peor.
Qué se rompe de verdad en una HP que no imprime
El diagnóstico más preciso que aparece en la conversación apunta a una pieza mecánica concreta: un eje-piñón-leva que actúa sobre el mecanismo de limpieza y aparcado del carro. Cuando falla, la impresora cree que está imprimiendo y no imprime. La pieza se puede localizar por proveedores alternativos o en plataformas de segunda mano por unos **3 euros**. El problema no es el precio. Es que cambiarla exige desguazar literalmente el aparato, con una hora de trabajo para alguien con práctica y un baño de tinta garantizado para quien no la tenga.
Ahí está la trampa: la reparación es baratísima en materiales y carísima en tiempo. Para un taller, el collar se come al galgo. Para un manitas con una tarde libre, la cuenta cambia.
La tinta que se gasta sin imprimir
Hay un segundo sospechoso, menos mecánico y más caro. Las impresoras de inyección ejecutan ciclos de «limpieza» de inyectores que expulsan tinta a una esponja interna. Cada ciclo puede consumir en torno a un **10% del cartucho**, según la experiencia acumulada en la conversación. Si se imprime a diario, el gasto se diluye. Si la impresora pasa semanas apagada, la tinta se seca y el cartucho muere sin haber impreso apenas nada. Un caso descrito: cartuchos nuevos puestos una semana antes y ya inservibles al ir a usarlos.
A eso se suma la memoria interna del aparato, alimentada por una pila de botón, que guarda el número de serie de los cartuchos y puede rechazar uno recargado. La solución de quitar la pila existe, pero obliga a reconfigurar idioma y ajustes cada vez que se enchufa la máquina. Un remedio peor que la enfermedad.
Láser: el argumento que gana por goleada
La corriente dominante en la conversación no discute el diagnóstico: cambia de tecnología. Las láser monocromo aparecen como la alternativa racional. Un caso concreto: una multifunción Samsung comprada por **90 euros** que sigue funcionando tras siete u ocho años, con un tóner recargado de **40 euros** para unas 3.000 páginas. Otro: una láser con cuatro o cinco años que funciona como el primer día, con tóner clónico para 1.500 páginas. Los tóneres no caducan y no se secan. Ahí está la diferencia que lo cambia todo.
El matiz llega con el color: la impresión láser en color es una ruina, y para fotos no compite con la inyección. Para texto y documentos, el cálculo es aplastante.
La predicción con reservas: si el parque doméstico español migra al láser monocromo, las marcas de inyección tendrán que reinventar su modelo de negocio o quedarse con el mercado de la foto y el color ocasional. Lo que no está claro es cuántos usuarios aguantarán otra impresora que imprime al aire antes de cambiar de bando.