Genios imperiales, científicos exiliados por la falta de fondos
¿Qué pasó para que la nación que dio a Santa Teresa, Unamuno o Blas de Lezo exporte hoy a sus mejores científicos a otras latitudes? La pregunta sobrevuela cualquier conversación económica. La misma España que conectó el planeta con el Galeón de Manila -la primera globalización de la historia, como recuerda más de un análisis- no logra retener a sus investigadores.
El talento que emigra por falta de financiación
La queja es recurrente: los grandes nombres del presente se reconocen más fuera que dentro. El oncólogo Mariano Barbacid, que investiga una cura para el cáncer de páncreas, se cita como el ejemplo perfecto. “Solo descubre una cura para el cáncer de páncreas pero como no es un zumbao que va al jardín de Trump, no se le puede considerar ilustre”, resume un argumento con la ironía que el caso merece. El fondo es serio: sin dinero para la ciencia, el talento hace las maletas. “Sigue habiendo españoles ilustres, solo que se tienen que ir a que les compensen económicamente en justa medida”, apunta otra corriente.
Letras contra ciencias: el falso dilema español
Otra línea argumental sostiene que España es un país de humanidades, no de ciencias, y que por eso no compite en lo que importa. La comparación con Escocia, “una región pequeña con más premios Nobel en aquello que realmente marca la diferencia que España entera”, se repite como un mantra. Aquí se enfrentan dos lecturas: la que ve en la literatura y la filosofía un valor en sí mismo, y la que recuerda que los avances que sostienen el bienestar material -la penicilina, el motor, la física moderna- no salieron mayoritariamente de la península. Algunos contraargumentan que la ciencia también necesita de la imaginación poética: “Maxwell era poeta y luego matemático”, dicen.
Incentivos, no ADN: la explicación institucional
La hipótesis más interesante no mira a los genes ni a la genética de los pueblos, sino al entorno de premios y castigos. “Los humanos somos bastante parecidos en el fondo; lo que cambia es el entorno de recompensas, premios y castigos”, razona una corriente. En la España actual, el mensaje es explícito: la gloria se alcanza siendo funcionario. La burocracia, la política cortoplacista y un sistema que premia la adhesión antes que el mérito configuran el perfecto expulsor de mentes brillantes.
Mientras tanto, la Cruz de Borgoña sigue ondeando en el morro de San Felipe en Puerto Rico y en las misiones de San Antonio, Texas, como testigos del mayor experimento de globalización de la historia. Los genios siguen naciendo aquí. Lo que ya no nace aquí es el escenario donde les dejan brillar. El resto es una decisión presupuestaria.