El juicio final y el juicio al morir: dos veces ante el tribunal
La pregunta lleva siglos sin respuesta cerrada: si al morir cada persona recibe ya un juicio que la manda al cielo, al infierno o al purgatorio, ¿para qué hace falta un segundo juicio al final de los tiempos? La tensión entre el destino individual e inmediato y el proceso colectivo del fin de los días es uno de los puntos más resbaladizos de la teología cristiana, y sigue dividiendo a quienes intentan cuadrarlo con lógica humana.
El problema de fondo es metafísico. Cuando se pretende aplicar un esquema moral binario —buenos premiados, malos castigados— a una escala que no es la humana, aparecen los casos intermedios: quien no fue del todo bueno pero tampoco malo. ¿Dónde encaja? De ahí surge la necesidad de un estado intermedio, el purgatorio, donde terminar de ajustar cuentas.
Hay quien sostiene que el juicio particular y el final no son dos juicios distintos, sino dos caras del mismo.
Qué dice la teología sobre los dos juicios
En el cristianismo no hay una descripción detallada de la otra vida, aunque se da por segura. La explicación más recurrente es que el tiempo humano no aplica al otro lado. Si alguien muere hoy y otro dentro de cien años, para ambos el lapso hasta el juicio es el mismo: ninguno. Se pasa de lo temporal a lo eterno, y el juicio es inmediato.
El tiempo como artificio humano es una idea que reaparece una y otra vez.
Otra corriente sostiene que quienes mueren antes del día del juicio quedan en una especie de sueño a la espera. Es la doctrina del sueño del alma, defendida por algunas denominaciones cristianas: al morir se entra en un estado de inconsciencia hasta la segunda venida de Cristo, cuando se produce la resurrección.
El juicio final sería entonces el reparto de diplomas tras el fin de curso, como resume una de las intervenciones más citadas.
El purgatorio como sala de espera
Una interpretación extendida es que todo el que muere antes del juicio final va al purgatorio. Según cómo haya sido la persona, ese purgatorio puede ser más o menos benévolo. Hasta que no llega el juicio no se sabe adónde va cada uno. Es una forma de resolver el problema:
el juicio particular no cierra el destino, lo deja en suspenso.
El problema teológico es que, por un lado, se enfrenta a la muerte contingente de los seres humanos, mientras que por otro atisba un proceso colectivo en el fin de los tiempos. ¿Cómo resolver los casos individuales con el proceso colectivo? En el islam, que es la última versión del judaísmo según algunos análisis, se maneja una estructura similar con matices propios. La conclusión de quienes más han profundizado es que nos manejamos con un lenguaje humano —y antiguo— para tratar un fenómeno espiritual, y que la interpretación literal se queda corta.
Las experiencias cercanas a la muerte como pista
Hay quien sostiene que no hay un juicio como tal, con castigo o recompensa, porque los castigos y recompensas ya se experimentan aquí. Según la mayoría de personas que han vivido una experiencia cercana a la muerte, cuentan que revisan su vida viendo cómo sus actos afectaron a otros.
Si en el fondo no hieres o beneficias a nadie más que a ti mismo, sería absurdo castigar o premiar una vez que la vida mortal acaba.
El estudio PIMRI, publicado en The Lancet en 2001, encontró que el 18% de pacientes con paro cardíaco revividos reportaron experiencias cercanas a la muerte con percepción temporal dilatada, incluyendo recuerdos vívidos de toda su vida. Otra investigación citada apunta que entre el 10% y el 20% de supervivientes de paros cardíacos experimentan esa eternidad subjetiva, incluso cuando su cerebro estaba clínicamente muerto durante minutos. El dato escalofriante es que significativamente más pacientes que tuvieron una ECM, especialmente profunda, murieron dentro de los 30 días posteriores a la reanimación cardiopulmonar.
El juicio que ya está en marcha
Una de las respuestas más repetidas es que ya estás siendo juzgado, ya lo fuiste y también lo serás. La cosa del tiempo solo está aquí. Desde esta óptica, el juicio final no es un evento futuro, sino la constatación de algo que ocurre en cada instante.
El cielo y el infierno serían el trato que te van a dar los demás cuando vean cómo te has portado, y el juicio final, el fin de curso y reparto de diplomas.
La pregunta que queda flotando es quién juzga al juez. La respuesta más repetida es que te juzga el mismo que instruye, sin defensor de oficio ni segunda instancia. Eso solo podría ser justo si eres tú mismo el juez y la parte, igual que en vida: tú y tu conciencia.
Habrá que ser benevolentes, concluye uno de los mensajes finales.
El análisis se atasca exactamente aquí. Las explicaciones se acumulan, pero ninguna cierra del todo la cuadratura del círculo: si el juicio particular ya decide, el final sobra; si el final decide, el particular es un trámite. Y si ninguno decide hasta el final, entonces nadie está todavía en ningún sitio.