Comer verdura: ¿necesidad o dogma alimenticio?
Hay quien asegura que no ha probado una hoja de lechuga en décadas y sigue vivo. Otros, en cambio, sienten que una comida sin verdura está incompleta. Entre ambos extremos, un debate que mezcla fisiología, definiciones y algo de ideología alimentaria.
La primera trinchera es semántica. ¿Qué consideramos verdura? Para unos, son solo las hojas verdes y las crucíferas; para otros, incluye tomates, pimientos, judías verdes e incluso guisantes. Esta falta de consenso ya invalida cualquier afirmación categórica sobre su necesidad.
Por el lado digestivo, varios testimonios señalan que las verduras crudas provocan gases y dolor. Las enzimas que contienen –argumentan– se degradan con la cocción, y si la dieta ya incluye frutos secos, fruta deshidratada o legumbres, el aporte de fibra y micronutrientes estaría cubierto. Un médico citado en el debate fue más allá: «La verdura es para los animales de pasto».
Sin embargo, la evidencia nutricional convencional insiste en que las verduras proporcionan vitaminas, minerales y fibra difíciles de obtener en igual proporción de otros grupos. Los veganos estrictos, por ejemplo, necesitan suplementar B12, pero el resto de nutrientes podrían compensarse con una planificación adecuada.
El dato que descoloca: no hay un solo estudio que demuestre que una persona con una dieta variada y equilibrada –que incluya frutas, legumbres, frutos secos y proteína animal– tenga peor salud por eliminar el grupo de las verduras. La carencia solo aparece cuando se suprime también el resto de vegetales. Al final, la verdura no es un fin en sí misma, sino un medio: el nutriente es lo que importa.