La protesta de La Mareta: cientos en el organización criminal, cuatro en la playa
La residencia de vacaciones del presidente en Lanzarote no es precisamente la Puerta del Sol. Costa Teguise, el municipio donde se ubica La Mareta, no llega a diez mil habitantes y buena parte son turistas. Aun así, una convocatoria contra Pedro Sánchez reunió a un grupo de personas que, según quién cuente, iba de los “cientos” del organización criminal a los “cuatro gatos” de las imágenes. La distancia entre una cosa y otra es el resumen perfecto de esta nueva forma de hacer política: la protesta como espectáculo, la asistencia como excusa.
Los primeros vídeos que circularon daban a entender que el lugar estaba abarrotado. Poco después, las mismas redes mostraban una playa casi vacía y un grupo reducido de manifestantes. Un vídeo que circuló fue retirado o censurado en algunas plataformas, lo que alimentó la polémica. Quienes quieren ver una multitud, la ven; quienes sospechan de la escenificación, cuentan con los dedos de una mano.
El desierto demográfico de la protesta
No es casualidad que la elección del lugar fuera a su vez un mensaje. La Mareta es el refugio vacacional del presidente, y la idea de mostrarle el descontento en su propio espacio de descanso tiene un punto de escarnio que los convocantes conocían bien. Pero la logística juega en contra: en una zona con menos de diez mil habitantes, movilizar a miles exige una maquinaria que no parece haber funcionado. La comparación con otras protestas recientes, como la marcha de 70.000 personas hacia Ceuta por los menores migrantes, solo subraya la desproporción entre el ruido mediático y la asistencia real.
Los carteles y las consignas, sin embargo, no se quedaron en la playa. La protesta se convirtió en una excusa para ventilar otros agravios: la gestión migratoria en Canarias, el coste de la seguridad presidencial, la sensación de impunidad de quien se va de vacaciones mientras el resto se ahoga. Todo eso quedó flotando en el aire, aunque la convocatoria en sí fuera un éxito parcial.
El vídeo que nadie se explica
El episodio de la retirada del vídeo añade el componente conspirativo que toda protesta necesita para sobrevivir. Que un contenido desaparezca de las plataformas se interpreta tan rápido como censura, y la censura siempre es mejor alimento que la indiferencia. Así, la protesta de La Mareta ha acabado convertida en un meme: unos la ven como el principio del fin, otros como una anécdota de verano. La realidad, como casi siempre, está en el término medio: un puñado de personas con pancartas que lograron lo que muchos no consiguen con miles: ser noticia.
Lo que no está claro es si este tipo de acciones rinde réditos. La historia reciente de la política española demuestra que las convocatorias multitudinarias rara vez cambian un gobierno; las que lo consiguieron tuvieron detrás algo más que indignación: tenían un desencadenante concreto. Aquí el desencadenante es difuso: el hartazgo, la incomodidad, la bronca. Y con un enemigo que descansa en su piscina, la viñeta es perfecta, pero la eficacia es nula.
La pregunta que queda en el aire: ¿cuántos hacen falta para que un presidente escuche? ¿Cientos, miles, o ninguno, porque el circuito político ya está demasiado blindado para que una playa de Lanzarote lo altere? Mientras tanto, el verano continúa, la playa sigue ahí, y el vídeo, censurado o no, ya ha hecho su trabajo.