Streamers chinas se burlan de repartidores: el negocio de la humillación en el gig economy
Un nuevo fenómeno viral en China muestra a streamers en locales de comida rápida bailando provocativamente ante repartidores de aplicaciones como Meituan o Ele.me, para luego ridiculizarlos. Lejos de ser una broma espontánea, se trata de contenido calculado para generar ingresos en plataformas como Douyin, donde el sector del live streaming mueve miles de millones de euros. La víctima, un trabajador de la gig economy que cobra por pedido, queda atrapado entre la presión de cumplir con el tiempo de entrega y el espectáculo montado por las creadoras.
El negocio detrás del baile
Las jóvenes no son empleadas del local, sino streamers que operan desde agencias especializadas (MCN). Su trabajo consiste en retransmitir en vivo durante horas, bailando o interactuando con los espectadores para recibir regalos virtuales. En los vídeos, el repartidor llega apurado, pero ellas lo retienen con un baile mientras una cámara lo graba todo. Después, le dicen frases como "venga, ya puedes irte, pobretón, que jamás me vas a catar". La humillación es el gancho: cuanto más incómodo se muestra el trabajador, más se viraliza el contenido.
La presión del gig economy chino
El repartidor chino –conocido como “remero”– vive bajo un sistema de algoritmos que penaliza los retrasos. Cada pedido cuenta, y el tiempo medio de entrega se mide en minutos. Si el trabajador se queda a ver el baile, pierde tiempo; si se va, el vídeo lo muestra como grosero. Algunos análisis señalan que los repartidores ganan alrededor de 800 euros al mes en las grandes ciudades, con jornadas extenuantes. La burla, así, no es solo personal: es un recordatorio de su posición en la cadena económica.
El contraste con Occidente
Mientras en China estas prácticas se toleran e incluso se premian con visitas, en Europa la respuesta regulatoria es distinta. Cadenas como Hooters, que utilizaban camareras atractivas, han tenido que cerrar en España tras presiones legales y amenazas de multas por parte del Gobierno. El debate sobre si el atractivo físico debe ser un requisito laboral enfrenta a quienes ven en ello libertad de empresa y a quienes lo consideran discriminación. En China, la ausencia de este tipo de regulación permite que el mercado de la atención explote cualquier resquicio.
¿Hacia dónde va el fenómeno?
Es probable que estos vídeos sigan proliferando mientras generen ingresos publicitarios y donaciones. Sin embargo, la creciente presión social por el trato a los trabajadores de plataformas podría llevar a las autoridades a intervenir. De momento, el algoritmo premia el contenido polémico, y la humillación ajena sigue siendo un filón rentable. Pero la pregunta incómoda queda: ¿cuánto vale la dignidad de un repartidor en la economía de la atención?
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