El mercado sexual de los 55: la teoría del chocho lavado
Un hombre de 54 años, complexión delgada, incipientes entradas y ojos verdiazules, abre su intervención con una declaración de intenciones que resume el tono de todo lo que viene después: ha tenido más relaciones sexuales que sus tres hermanos varones juntos y, asegura, que buena parte de los presentes. No es una confesión íntima. Es el pistoletazo de salida de una discusión que, según el propio promotor, se prolonga ya más de un año y que ha derivado en un ajuste de cuentas generacional sobre quién tiene derecho a qué a partir de los cincuenta.
La tesis del promotor es sencilla y provocadora: las mujeres de su edad, con experiencia, lubricación y sin riesgo de embarazo, ofrecen un rendimiento sexual que las jóvenes no pueden igualar. Lo formula con una metáfora que se ha convertido en el lema oficioso del asunto:
chocho lavado, chocho estrenado. La frase, repetida y contestada a lo largo de todo el intercambio, condensa el choque entre dos maneras de entender el deseo masculino cuando el cuerpo ya no acompaña.
Qué se discute cuando se discute sobre la edad sexual
El planteamiento inicial no tarda en encontrar respuesta. Un sector de los intervinientes sostiene que el hombre, por naturaleza, busca siempre a una mujer más joven, y que quien defiende lo contrario simplemente se consuela. La acusación de
zorrauvismo —presentar como virtud lo que en realidad es limitación— aparece pronto y no se suelta. Se argumenta que la mujer pierde valor en el mercado sexual mucho más rápido que el hombre, y que un varón de cincuenta y cinco que solo accede a mujeres de su quinquenio está, en realidad, en la parte baja de la tabla.
Frente a eso, la defensa de la madurez sexual se apoya en un argumento práctico: la experiencia. Se describe, sin entrar en detalles, que una mujer de la misma edad puede ofrecer un nivel de implicación que una más joven no alcanza, y que esa diferencia pesa más que cualquier consideración estética. La discusión se convierte así en un pulso entre dos relatos: el del mercado, donde la juventud cotiza al alza, y el del rendimiento, donde la veteranía se reivindica como ventaja competitiva.
El cálculo de las parejas acumuladas que nadie puede verificar
Uno de los pasajes más citados del intercambio es un ejercicio aritmético, atribuido a un interviniente, sobre el historial sexual de las mujeres de entre cincuenta y cinco y sesenta años que usan aplicaciones de citas. El cálculo parte de una estimación conservadora —una cita semanal durante quince o veinte años— y concluye con una cifra que oscila entre doscientas y mil parejas acumuladas. El número, presentado como advertencia sanitaria y moral, es imposible de verificar y no se apoya en ninguna fuente. Pero ha funcionado como munición argumental durante meses.
La respuesta no se hace esperar. Se recuerda que las aplicaciones de citas no son el único canal, que existen mujeres recién divorciadas con ganas de compañía y que la ecuación entre número de parejas y calidad del encuentro no se sostiene. La discusión deriva entonces hacia un terreno más incómodo: la sospecha de que quien hace ese cálculo está proyectando su propia frustración. La cifra, en cualquier caso, sigue circulando sin que nadie haya aportado un solo dato que la respalde.
La anécdota que rompe el marco: la madre de la novia
En medio del cruce de acusaciones aparece un testimonio que cambia el registro. Un interviniente recuerda que a los dieciocho o diecinueve años mantuvo relaciones con la madre de su entonces novia, una mujer de unos cuarenta y cinco. La describe como una
vieja en aquel momento, pero reconoce que fue ella quien llevó la iniciativa y que aquel encuentro fue el mejor que había tenido hasta entonces. La confesión, lejos de zanjar el asunto, lo complica: si la experiencia de una mujer madura puede superar a la de una joven, la jerarquía que defiende el sector más hostil se tambalea.
El relato sirve también para introducir una variable que nadie había puesto sobre la mesa: la asimetría de la iniciación. Mientras unos describen sus primeros años como un desierto, otros hablan de vecinas que tomaron la iniciativa, de fiestas locales y de encuentros que hoy serían impensables. La nostalgia de una época con menos vigilancia sobre las diferencias de edad recorre varios mensajes y añade una capa de melancolía a una discusión que, en el fondo, va de otra cosa.
El desprecio como respuesta y el cansancio como conclusión
No todo es debate. Buena parte del intercambio consiste en descalificaciones directas: se acusa al promotor de ser un fracasado que solo puede aspirar a mujeres mayores, se le atribuye una situación económica precaria y se pone en duda que su testimonio tenga algún valor. La respuesta del aludido es siempre la misma: los que no han tenido experiencia no tienen autoridad para opinar. La discusión se cierra en falso, con un intercambio de insultos y con la sensación de que nadie ha movido un milímetro su posición.
Al final del recorrido queda un dato que descoloca. El promotor del asunto anunció que cumpliría cincuenta y cinco años en octubre y que seguiría defendiendo lo mismo. Más de un año después, la conversación sigue viva, con los mismos argumentos y las mismas cifras sin verificar. La pregunta que nadie responde no es si tiene razón, sino por qué una discusión sobre a quién se puede desear a los cincuenta y cinco años genera tanta urgencia.