China, el gigante que fabrica todo menos un once
Con más de mil millones de habitantes, China sigue sin asustar a nadie sobre el césped. Para un país que copa el 90% de nuestras compras no alimentarias, la incapacidad de producir once futbolistas competitivos invita a una lectura económica: el fútbol no es prioridad, o el modelo de desarrollo tiene agujeros difíciles de disimular.
La paradoja demográfica
Quienes defienden a la superpotencia asiática recuerdan que domina el medallero olímpico: mientras España mira al fútbol, China limpia en tenis de mesa y otros deportes que aquí ni se practican. La grandeza no se mide solo en goles.
El argumento demográfico, sin embargo, se tambalea con un ejemplo: Uruguay, con menos de 3,5 millones de habitantes, ha ganado dos mundiales y pelea de igual a igual contra los grandes. Población y éxito futbolístico no correlacionan de forma directa. Otras variables importan: cultura deportiva, inversión, y hasta la política de naturalizaciones.
¿Propaganda o desinterés?
En el otro extremo, hay quien sostiene que el interés de Pekín por el fútbol es puramente propagandístico. Si se lo propusiera de verdad, el próximo Mundial se jugaría en China y punto. La duda es si semejante embeleco merece la pena cuando ya controla la industria global del deporte a través de los patrocinios.
Quizá la respuesta sea más simple: China es tan grande que no necesita demostrar nada en un campo de fútbol. O quizá, como apuntan algunos, el fútbol es un capricho de países pequeños con complejos. De momento, seguiremos comprando sus productos y presumiendo de un Mundial que ellos no tienen. Ellos fabrican; nosotros, que pateamos el balón, también fabricamos su desprecio.