Rechazado en Bellas Artes: el plan B que nadie esperaba
Un aspirante a pintor nacido en Murcia, que dejó la escuela pública porque solo aprobaba dibujo, se trasladó a Madrid para trabajar de peón en reformas y se presentó a las pruebas de admisión de la Real Academia de Bellas Artes de Madrid, recibe la carta que nadie quiere: no ha entrado. Su pregunta, lanzada a una comunidad económica, es simple y descarnada: «a qué debería dedicarme». La respuesta colectiva no fue un plan de estudios. Fue un espejo deformante de la historia europea del siglo XX.
El primer bloque de respuestas se lanzó en tromba hacia un chiste recurrente: unificar Portugal y España, invadir Polonia, escribir un libro en prisión, dejarse bigote. El patrón es evidente. El perfil del rechazado —joven, sin título, con inclinación artística, frustrado por un tribunal— activó el reflejo más viejo de internet: el paralelismo con el aspirante a pintor austriaco que tampoco fue admitido en la Academia de Viena. La broma, repetida hasta la náusea, funcionó como termómetro de la desesperanza: cuando el sistema no te admite, el foro te ofrece la vía golpista como salida profesional.
Qué hacer cuando el tribunal dice no
Debajo del chiste hay un debate real sobre reconversión laboral y vocación. Una parte de los mensajes apunta a la formación reglada: existen ciclos de grado medio y superior de pintura, y si no se tiene la ESO se puede acceder por prueba. Otra corriente insiste en la vía autodidacta: aprender haciendo, sin esperar a que un tribunal valide el talento. Y una tercera, la más áspera, recuerda que la saturación de artistas y futbolistas hace que la mayoría no viva de lo suyo: mejor buscar un oficio que pague facturas y pintar en el tiempo libre.
El argumento de la saturación no es menor. Se cita el caso de un ingeniero industrial que acabó ganándose la vida como artista, pero con una profesión demandada como red de seguridad. La conclusión implícita es incómoda: si vas a vivir del arte, lo notas antes de los veinte; si no, conviene tener un plan B que no dependa de la inspiración.
La vía alemana y el chiste que no muere
La opción de emigrar a Alemania y meterse en política, empezando por prácticas en cervecerías de Múnich, es la versión más elaborada del mismo chiste. Otras respuestas apuntan a la política como salida: montar un partido de corte internacionalista, dejarse bigote recortado en los extremos para que la mascarilla antigás haga vacío, y buscar culpables de la partitocracia. El manual del aprendiz de dictador se desgrana con una precisión que da grima y risa a partes iguales.
Hay quien baja el tono y ofrece alternativas concretas: vender cuadros en la calle, dormir en bancos de parque, hacer grafitis gigantes como venganza artística, meterse a vidriero, opositar o dedicarse a la melomanía. La mezcla de consejos útiles y sabotaje humorístico es el retrato de una comunidad que no se toma nada en serio, ni siquiera el drama ajeno.
El dato que descoloca: Goya tampoco pasó
Entre el ruido aparece un dato histórico que se repite como consuelo: Goya no superó las pruebas de admisión. La anécdota, cierta o no, sirve para recordar que los tribunales se equivocan y que la historia del arte está llena de rechazados. También se cita a Dalí, que en su examen final dijo al tribunal que no tenían nivel para evaluarle. La moraleja es doble: el talento no siempre se detecta en una prueba, y la arrogancia a veces es profética.
El consejo más repetido, paradójicamente, es el menos espectacular: insistir. En España, resistir gana. La vocación no se decide en una sala de examen, y el que aguanta acaba encontrando su hueco. La pregunta del aspirante sigue sin respuesta definitiva, pero el coro de respuestas deja una cosa clara: nadie le va a quitar las ganas de pintar.