Un mensaje sitúa a un valenciano en Ucrania y su vuelta ya se debate
Una fotografía, un nombre y un alias. Con eso se arma una historia que, en cuanto se publica, deja de ser un relato personal y se convierte en un asunto colectivo. La imagen, difundida en redes sociales, identifica a un valenciano —Pablo Garrido Mancebo— al que el mensaje que acompaña la foto describe como un conocido militante neonazi de Valencia que ha viajado a Ucrania para combatir contra Rusia, alineado con lo que ese mismo texto llama los valores de la Unión Europea y de Estados Unidos. El apunte final es el que descoloca: quien difunde el mensaje añade que
ya habría estado antes en Siria, con un enlace a
elDiario.es.
Conviene separar el dato de la etiqueta. Lo que hay es una publicación en redes, no una confirmación oficial: ni el viaje, ni la militancia, ni la estancia previa en Siria están verificados por ninguna autoridad en el material disponible. Y aun así, la conversación se ha desplazado casi de inmediato a dos terrenos mucho más terrenales.
Quién paga su vuelta. Y qué le espera si vuelve vivo.¿Quién es el valenciano al que un mensaje sitúa en Ucrania?
Lo que hay cabe en tres líneas: una foto, un nombre y una afirmación sobre su destino. El resto —historial, motivaciones, currículum militar— es humo. La publicación lo presenta así, le cuelga un apodo y lo sitúa combatiendo del lado ucraniano por los intereses europeos y estadounidenses. Ninguna de esas piezas viene acompañada de documentación.
Los detalles que más se repiten en la discusión no son ideológicos, sino físicos. Se comentan sus tatuajes —uno de ellos, en la cabeza— y su aspecto. Hay incluso quien bromea con que su estabilidad mental parece la de alguien que va a un centro de investigación suizo. La ironía es el tono dominante, y ese tono dice bastante de cómo ha sido recibida la noticia.
¿Quién paga la repatriación de un voluntario fallecido?
Nadie lo tiene claro. Esa es, literalmente, la única conclusión que se repite. Lo que se sostiene en el hilo es que el coste recaería sobre la familia, que nadie ha firmado nada con él y que el Estado no tiene por qué hacerse cargo de la factura de una decisión individual. De ahí a hablar de una fosa común hay un trecho que algunos recorren sin pudor.
El razonamiento tiene una pata económica y otra emocional. La primera, la que apuntan los comentarios: el traslado de un cuerpo desde una zona de guerra no es barato y el patrimonio familiar no siempre llega ni para un nicho. La segunda, la que sostienen los comentarios más duros:
nadie quiere pagar el entierro de quien fue a buscar la guerra por su cuenta. Entre ambas se cuela un tercer elemento, más incómodo, que es el de la responsabilidad colectiva: si el Estado no responde, ¿responde alguien?
Hay otra forma de verlo, menos cainita. Lo anómalo no es que este caso se discuta, sino que se discuta
antes de que ocurra nada.
¿Qué le espera si vuelve vivo?
La respuesta corta es que nadie lo concreta. La respuesta larga es que hay quien pide que, si vuelve, sea procesado ante la Audiencia Nacional, sin que en ningún momento se detalle por qué delito. Algún comentario da por hecho que ya ha pasado por prisión, afirmación que se lanza sin aportar una sola fuente.
Es el punto donde la discusión se vuelve más resbaladiza. Combatir en un ejército extranjero, alistarse en una milicia o simplemente viajar a una zona de guerra son cosas distintas, con encaje jurídico distinto, y aquí se mezclan las tres sin demasiado rigor.
La etiqueta hace todo el trabajo y el derecho, ninguno.Por qué mezclar munición en un cargador puede arruinar la puntería
Aquí llega el detalle técnico que vale más que cien soflamas. Cuando en un mismo cargador se mezclan balas procedentes de fábricas distintas, países distintos y con grados de conservación distintos, cada proyectil sale con una trayectoria ligeramente diferente, según explica un comentario del hilo. El resultado es que pegar dos tiros consecutivos en el mismo punto se vuelve una
lotería. En un tirador entrenado es un problema; en uno improvisado, según ese mismo comentario, la mezcla da bastante igual.
El escenario que describe ese comentario es el de un suministro de munición nutrido de arsenales heterogéneos acumulados durante décadas. El material no está pensado para repetir, y quien aprieta el gatillo con criterio lo nota.
Chechenos, sirios y la pregunta de quién es mercenario
En algún punto el foco se mueve del voluntario al enemigo. Hay quien sostiene que las tropas chechenas integradas en el bando ruso no son mercenarios, sino parte del ejército regular, absorbidas tras el conflicto de los años noventa. Y quien añade que la etiqueta de mercenario encaja mejor en otros contingentes llegados desde fuera.
Es un debate viejo y no cerrado: la frontera entre unidad irregular, fuerza auxiliar y mercenario puro depende de quién firma la nómina y de quién da la orden.
Sin contrato ni cadena de mando verificables, todo son conjeturas bien vestidas. De fondo se cuela otro asunto: el conflicto ucraniano ha dejado de ser una guerra lejana y se ha convertido en un imán para quien busca fuera lo que no encuentra en casa. Unos por convicción, otros por aburrimiento, otros por
currículum.
Con esto y con todo, hay un dato que descoloca. Después de decenas de mensajes sobre su ideología, sus tatuajes y su destino,
nadie ha puesto sobre la mesa una sola cifra sobre lo que cuesta traer un cuerpo de vuelta desde Ucrania. Se habla de escote, de nicho y de fosa común. De euros, de momento, ninguno.