El salón de la educación y los chavales que no saben qué es una serralada
Un grupo de estudiantes de 17 años recorre el salón de la
educación buscando qué estudiar. Les preguntan por la cordillera que tienen al lado. No saben qué significa la palabra. El vídeo circula, y lo que empieza como una anécdota sobre vocabulario catalán termina convertido en un ajuste de cuentas sobre el sistema educativo, la utilidad de la cultura general y el valor real de un título universitario en 2026.
La escena es sencilla: unos chavales en una feria de estudios superiores, un término en catalán —
serralada, de sierra— y un silencio incómodo. Para unos, la prueba de que la ESO ya no enseña nada. Para otros, la prueba de que quien pregunta tampoco sabe adaptar el idioma al interlocutor. El detalle lingüístico es la excusa; el fondo es otro.
Qué se enseña y qué se aprende en la ESO
El primer choque es generacional. Una parte sostiene que memorizar el nombre de un monte, un río o una fecha no sirve para nada cuando el dato está a veinte segundos de búsqueda en el móvil. «¿Para qué aprender algo que llevas en el bolsillo?», resume el argumento. La respuesta llega rápida: no se trata del dato, se trata del ejercicio mental que supone adquirirlo. La memoria, la asociación, la orientación. El conocimiento como gimnasio, no como destino.
Ahí el desacuerdo se vuelve interesante. Hay quien defiende que la cultura general correlaciona con el rendimiento profesional: los mejores cirujanos, ingenieros o directivos que se conocen tienen inquietudes, aficiones complejas y deseo de saber. Y hay quien responde con el caso contrario: la mayoría de los grandes profesionales del mundo no saben geografía regional española y les va perfectamente. La discusión no se cierra. Se enquista.
El título universitario ya no garantiza nada
El segundo frente es económico. Entran al mercado laboral chavales de veintipocos con ingenierías informáticas convencidos de que en dos o cuatro años cobrarán por encima de los 60.000 euros anuales. Alguno lo conseguirá. La mayoría se quedará por debajo de los 30.000 durante años, quizá toda la vida. No es una tragedia, pero sí un espejismo alimentado por creadores de contenido que venden atajos.
La conclusión que saca una parte del personal es incómoda: si los más listos van a acabar igualmente en un almacén, repartiendo o en un centro de atención telefónica, saber dónde están los Pirineos no les va a cambiar la vida. Otros replican que la formación no es una inversión con retorno garantizado, sino una base. Y que renunciar a ella porque el mercado no premia el conocimiento es rendirse antes de empezar.
La geografía como termómetro del sistema
El asunto deriva hacia un terreno más amplio. Se compara con Estados Unidos, con China, con el resto de Europa. Se dice que una sociedad que desprecia la cultura y el mérito está condenada a la sumisión. Se responde que la cultura no se mide por saber capitales de provincia. Y en medio, un dato que descoloca: muchos chavales no saben ni en qué año se descubrió América. La fecha que antes venía grabada en el DNI ahora se busca en Google.
El problema, admiten incluso los más críticos, no es solo de los alumnos. Es de un sistema que ha ido vaciando de contenido la enseñanza media mientras la sociedad entera celebra la gratificación instantánea. La queja se repite con distintas palabras: hedonismo, puerilidad, desprecio por el esfuerzo. Y nadie termina de ponerse de acuerdo sobre si el culpable es el currículo, el móvil o la familia.
Qué pasa cuando el vocabulario falla
Hay un matiz que se pierde en la bronca: la palabra era en catalán. Quien pregunta usa
serralada y espera que un chaval de 17 años en Cataluña lo entienda. Puede que no lo entienda. Puede que tampoco sepa qué es una sierra en castellano. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y ese es el problema: la discusión sobre el idioma tapa la discusión sobre el contenido.
Al final, la escena del salón de la educación deja una imagen que incomoda a todos. A los que defienden el sistema, porque expone sus grietas. A los que lo atacan, porque revela que tampoco ellos saben qué proponer en su lugar. Y a los chavales, que siguen ahí, buscando qué estudiar, sin saber que su ignorancia se ha convertido en el tema del día.
Con estos mimbres, lo previsible es que el próximo curso escolar vuelva a traer el mismo titular con otro nombre de montaña. La duda es si alguien habrá movido algo mientras tanto. Probablemente no.