Cuando la IA dicta sentencia sobre los orígenes de Albise
La conversación pública lleva unas horas atascada en la misma pregunta: ¿de dónde es Albise? Lo curioso no es que se pregunte, sino que algunos den por buena la respuesta de ChatGPT como si fuera una prueba pericial. El «oráculo» ha hablado, y la sentencia circula con seguridad: ascendencia pakistaní, guiños a lo gitano, algún apunte indio. Todo ello sin una sola fuente verificable.
El oráculo no era fiable
Quien haya probado a variar la pregunta se habrá llevado respuestas bien distintas. ChatGPT no es un registro genealógico: genera texto plausible, y su plausible incluye el ruido de estereotipos y bulos que ya estaban en sus datos de entrenamiento. Dicho de otro modo: quien pregunta por un prejuicio suele obtener un prejuicio con forma de respuesta. La supuesta confirmación dice más de la consulta que del consultado.
La comparación con otras figuras públicas fue inmediata. Santiago Abascal salió a la palestra del mismo modo, con idéntica chanza, y el resultado fue el mismo: ninguna prueba, solo insinuación.
La identidad como arma política
La deriva identitaria no es un chiste inocente. Convertir el linaje de un dirigente en un argumento para descalificarle responde a un patrón clásico: si no puedes discutir sus propuestas, discute su sangre. En el terreno económico, la maniobra suele venir acompañada de la acusación de «querer timar», un intento de pintar al personaje como un oportunista sin raíces reales.
Nadie en esta conversación aporta una prueba sobre los orígenes de Albise; el propio asistente de OpenAI tampoco. La sentencia queda exactamente donde empezó: en una ocurrencia disfrazada de dato.