GPT-5 llega entre el entusiasmo y la dependencia total
OpenAI presenta este jueves su nuevo modelo, GPT-5, a las 19:00 hora de Madrid, según el anuncio que circula entre quienes siguen de cerca a la compañía. La filtración previa en GitHub apunta a cuatro versiones distintas del modelo, cada una orientada a un tipo de tarea. Y mientras la comunidad tecnológica espera el salto, la conversación de fondo es otra: hasta qué punto la inteligencia artificial se ha metido ya en el trabajo, el ocio y la vida diaria de la gente corriente.
La presentación estaba prevista para las 10:00 hora del Pacífico, las 19:00 en Madrid. La información filtrada habla de cuatro variantes del modelo, pensadas para necesidades concretas. Hay quien sostiene que el verdadero objetivo de esta versión no es tanto el salto técnico como
abaratar costes y presionar a la competencia. Es decir, guerra comercial con envoltorio de avance científico.
Qué se puede hacer ya con ChatGPT
El abanico de usos que se describe va mucho más allá de redactar correos. Un usuario cuenta que la IA le recomendó qué variedades de higueras y parras plantar en su jardín, ajustando latitud, clima y precipitaciones de su pueblo. El resultado, dice, fue tan preciso que los vecinos le preguntan qué ha hecho. Otro relata que la usó para diagnosticar un fallo eléctrico aleatorio en un Audi A8: le señaló un relé en el maletero y una centralita junto a los pies del copiloto.
Resoldaron una soldadura y asunto resuelto.
En el terreno profesional, hay quien asegura que la mitad de los programas que diseña los hace Gemini y funcionan sin problema. Otro caso llamativo: resumir más de cien folios de datos numéricos farragosos en un inventario con gráficos, un trabajo que habría llevado una semana y se resolvió en unas dos horas. La IA también se usa como buscador, para consultas jurídicas —
ahorrándose el abogado, dice alguien— o para calcular gramos de ingredientes según el tamaño del molde.
El miedo a la dependencia y a la pérdida de criterio
No todo es entusiasmo. Una parte del análisis sostiene que la IA no da sabiduría, solo respuestas, y que no hay mayor peligro que un ignorante con respuestas. La crítica más repetida apunta a que la herramienta hace más listos a los listos y más idiotas a los idiotas: si no la diriges con criterio, te mete en líos. Hay quien la compara con un bebé superdotado al que hay que estar encima.
Otra línea de sospecha tiene que ver con el control de datos. Se plantea si el modelo almacena información personal de quien lo usa, si activa la memoria de conversaciones pasadas o si puede acceder a archivos del ordenador. La respuesta más extendida entre quienes conocen la tecnología: desde el navegador no tiene acceso a los archivos personales; si sabe cosas de ti, es porque se las has contado tú. Aun así, la huella digital que dejamos en internet es imborrable.
Quién gana y quién pierde con la IA
El impacto laboral es el punto donde el análisis se atasca. Una corriente defiende que solo conservarán el empleo quienes sepan usar bien estas herramientas: lo que antes hacían cien personas, se hará con diez. Otra lo despacha como exageración de gurús: la IA no va a comerse todas las funciones del planeta. Entre ambos extremos, hay quien ya intenta sacar dinero con su propio software sin necesidad de un equipo de profesionales.
El detalle de cómo se almacenan los patrones de aprendizaje —el equivalente a cómo un bebé aprende a caminar— sigue sin respuesta clara. Y ahí, precisamente, se acaba el consenso.